15 de noviembre de 2015
15.11.2015
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La propensión a matar al vecino en nombre de una idea se llama conflicto civil y lo alimenta una fractura social

15.11.2015 | 01:33

Los terroristas que el sábado mataron a más de ochenta personas en la sala Bataclan de París lanzaron proclamas alusivas a Irak y Siria, los dos países sobre los que extiende sus territorios el «califato» del autodenominado Estado Islámico (EI). Y en su comunicado de reclamación de autoría, el propio EI, que es objeto de bombardeos occidentales y rusos en Siria y en Irak, añadió un matiz revelador para justificar la masacre del auditorio parisino: en él se congregaban «apóstatas» para celebrar un concierto «amoral y de desenfreno».

Entre estas dos coordenadas, la geopolítica y la moral –de inspiración salafista dictatorial– se mueven unos atentados que han puesto de manifiesto la distancia conceptual que separa ataques como los del 11-S estadounidense o el 11-M madrileño de los parisinos del viernes o de su precedente inmediato, la masacre de enero en la redacción de «Charlie Hebdo».

Por supuesto, todas estas masacres, como las que a diario se perpetran en numerosos países islámicos, tienen un denominador común: el nulo respeto por la vida humana, sacrificada en el ara del fanatismo. Pero más allá de esta irrenunciable consideración previa, cabe resaltar que los atentados de Nueva York o Madrid respondían al clásico esquema terrorista, que España ha conocido tan bien por mano etarra, de «arroja la bomba en la casa ajena y luego desaparece». Si es posible, en la espesura. Si no lo es, rumbo al paraíso, como fue el caso de los saudíes del 11-S, imposibilitados para la huida por el propio método escogido para atentar.

Sin embargo, los atentados parisinos, muy en particular los del viernes, se basan en otro esquema operativo, que los aproxima a los de Bombay de 2008: comandos terroristas se despliegan en un territorio que conocen bien, porque es casa propia, para, a lo largo de horas sembrar, preferentemente a tiros, las mayores dosis posibles de muerte y pánico entre personas que, por otra parte, son sus conciudadanos. La bomba, en forma de suicida cinturón de explosivos, llegará cuando la loca carrera no dé más de sí y coronará el macabro recorrido con una sangrienta traca final y la recompensa del paraíso para el mártir. De hecho, es la primera vez que en Francia se producen atentados suicidas y ese detalle, sumado a que los terroristas hablaban el perfecto francés que corresponde a un ciudadano de Francia o Bélgica, está causando especial preocupación en una sociedad francesa a la que no se le escapa que su ya vieja fractura social está alcanzando cotas alarmantes.

La respuesta del presidente Hollande, respaldado por la canciller Merkel, ante los atentados ha sido declarar la guerra al Estado Islámico, que era lo previsible, lo esperado y, muy posiblemente, lo único que le cabía hacer. Está claro que la consecuencia inmediata de los atentados del viernes va a ser un recrudecimiento de la lucha contra los yihadistas del sedicente «califato», tanto en Siria como en Irak. Con la inestimable colaboración terrestre de los kurdos, que están a punto de cortar la principal línea de comunicación entre el área iraquí y el área siria del territorio controlado por el Estado Islámico, los bombardeos reforzados deberían dar un resultado adecuado a las expectativas que se pongan en ellos. Máxime cuando Turquía, seriamente preocupada por los éxitos kurdos, ha anunciado el inminente despliegue de 12.000 soldados y cuando la decisiva intervención rusa en Siria no puede sino restablecer la salud del dictador Asad, hasta hace nada muy debilitado.

Imaginemos, pues, que gracias a una reforzada implicación europea en su conflicto civil, Siria se reconduce hacia la paz, lo que, por otra parte, permitiría dar una salida al callejón sin salida en el que se encuentra la UE a raíz de la crisis de los refugiados, en su mayor parte, por cierto, sirios e iraquíes. Imaginemos, además, que ninguno de los varios intereses en apariencia no gubernamentales –inteligencia, industria del armamento, lobis de diferente clase y condición– que han empujado al reticente Obama, y ahora a Europa, a involucrarse a fondo en Oriente Medio, se opusiera a aceptar que se debilitase al yihadismo hasta el punto de quedarse sin enemigo. Tal vez porque hubieran encontrado su recambio. Está permitido imaginar todo eso y mucho más, pues se trata sólo de una muleta retórica.

Pues bien, Francia, como otros varios países europeos y como buena parte del mundo islámico, continuaría teniendo un serio problema. Se les puede llamar «lobos solitarios» o se les puede acusar de ser «yihadistas retornados» fuera de control, pero la realidad, una vez desgajados de la situación geopolítica a la que ahora se les vincula, es que seguirían siendo ciudadanos dispuestos a matar a sus conciudadanos en nombre de una idea, religiosa en este caso. Como otros lo hicieron en otros tiempos, y en estas mismas tierras, en nombre de la tradición, la raza, la clase o la religión.
Esa propensión a matar al vecino en nombre de una idea se llama conflicto civil, por decirlo suavemente, ahora que aún se encuentra en fase embrionaria. Y tal vez fuera útil que Hollande, como Merkel, y como el resto de sus aliados, dedicaran una parte de su tiempo, siquiera entre bombardeo y bombardeo, a pensar como restañar la fractura social que lo alimenta. De lo contrario, cuando despertasen, descubrirían que el dinosaurio todavía estaría allí. Hambriento.

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