29 de mayo de 2016
29.05.2016
La respuesta europea

¿Qué hace Europa con los refugiados?

Tras un año de éxodo humano con decenas de naufragios en el Mediterráneo, la respuesta de los gobiernos a este drama sigue marcada por la lentitud

29.05.2016 | 04:15
¿Qué hace Europa con los refugiados?

La crisis de refugiados ha abierto una brecha en el corazón moral del proyecto europeo. Así, los distintos gobiernos
de la UE han endurecido las leyes de asilo conforme la marea humana que llama a las puertas del Viejo Continente crecía. Los movimientos de extrema derecha han sabido instrumentalizar la falta de respuesta común, pero al mismo tiempo la ciudadanía ha llevado la iniciativa solidaria

Esta semana han llegado a España 42 refugiados. Han sido meses de estancamiento desde que en otoño de 2015 el Gobierno se comprometiera a acoger unos 16.000 en dos años. Hasta el martes, únicamente habían llegado unos 18. Ahora, a un mes vista de las elecciones generales del 26J, comienza un goteo que el Ejecutivo espera que llegue a las 586 personas antes de julio. No sólo España ha sido lenta en este proceso. La Comisión Europea (CE), en su último informe sobre el seguimiento de los mecanismos de reasentamiento pactados por los Estados miembro en junio y septiembre de 2015 –por los que los socios se comprometieron a reubicar a 22.504 refugiados y 160.000 peticionarios de asilo respectivamente–, constata lo evidente, que «no están funcionando como deberían».

Para muestra un botón: de los 160.000 demandantes de asilo llegados a Grecia e Italia que debían ser realojados en dos años, sólo se ha reubicado a 1.581, según ACNUR. En el tiempo pasado desde el acuerdo de septiembre hasta ahora, en Europa se han erigido más kilómetros de muros fronterizos que en la Guerra Fría, se han endurecido las leyes de asilo y se ha pactado la externalización del control de las fronteras con Turquía para que este país ejerza de freno a la llegada de refugiados, instituyéndose un mecanismo –de dudoso encaje legal según los principios del derecho internacional humanitario–, por el cual Europa acepta acoger un refugiado sirio en territorio turco por cada uno deportado a este país desde territorio comunitario hasta un límite de 72.000.

Y entre medias, los meses bajo la lluvia, el frío, el fango y los gases lacrimógenos que han pasado miles de personas abandonadas a su suerte a la intemperie del desolado campo improvisado de Idomeni, entre Grecia y Macedonia y desalojado esta semana por el Ejecutivo heleno.
A pesar de la lentitud con la que se ha puesto en marcha el programa de reasentamiento en España, la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría explicó el viernes que cuando se complete la acogida de 200 refugiados provenientes de Grecia e Italia durante el mes de junio, España será el cuarto o el quinto país europeo en reubicaciones efectivas.

Drama humano
Retrocedamos en el tiempo. En el verano de 2015 comenzó un éxodo sin precedentes desde la II Guerra Mundial en dirección a Europa. Decenas de miles de sirios, afganos, iraquíes, eritreos, iraníes...etc, tras jugarse la vida atravesando el mar Egeo, trataban de cruzar los Balcanes en busca de seguridad. Aquel 25 de agosto el Gobierno alemán inició una política de puertas abiertas mientras países como Hungría dificultaban la marcha de los refugiados y otros como Grecia empezaban a estar desbordados por la marea humana que le llegaba día tras día. Entonces aún no era evidente, pero se había abierto una fractura en el mismo corazón moral del proyecto europeo.

Tras casi un año y decenas de naufragios después –sólo esta semana, en la que Italia ha rescatado a 12.000 personas en el Mediterráneo, se han producido tres hundimientos con al menos 45 muertos–, el mismo gobierno alemán que abrió las puertas las ha cerrado tras recibir más de un millón de solicitantes de asilo –de ellos, 428.468 sirios–.

Una llegada que ha despertado «demonios que pensamos superados pero que siguen mostrando su horrible cara», como sostuvo el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, el 12 de abril. Se refería Schulz «al racismo, el antisemitismo, el ultranacionalismo y la intolerancia». La crisis económica y la llegada de los refugiados ha espoleado el surgimiento de movimientos racistas que están adquiriendo cada vez más peso. El ejemplo más reciente es Austria, donde sólo 31.000 votos han evitado un presidente de extrema derecha, Norbert Hofer, que hizo del discurso contra los refugiados uno de los ejes de su campaña electoral.

La sospecha hacia los refugiados –ejemplificada por el argumento de la infiltración terrorista entre la marea humana que llama a las puertas del Viejo Continente y bajo la forma del temor a una «islamización de Europa»–, ha ido construyendo progresivamente un discurso cada vez más duro y e incluso criminalizador sobre los desplazados. Esto ha sido instrumentalizado por movimientos de extrema derecha claramente islamófobos como el Frente Nacional francés, Pegida, Alternativa por Alemania o el Partido de la Libertad (FPÖ) en Austria, que se han beneficiado de la falta de una respuesta europea común a la crisis de refugiados.

Además, sucesos no convenientemente aclarados como los abusos a mujeres durante la Nochevieja en Colonia y otras ciudades alemanas, así como la alarma por el terrorismo yihadista tras los atentados de París y Bruselas han añadido combustible al fuego del discurso xenófobo en el que parece encontrarse a gusto una parte de la población europea susceptible a cualquier cambio social tras ocho años de crisis económica.

Giro radical en el discurso
La campaña incansable de estos movimientos ha calado en el discurso de los gobiernos europeos. Si en septiembre de 2015 el presidente de la CE, Jean Claude Juncker, hacía una emocionante llamada a la solidaridad europea: «Si fueran ustedes, con sus hijos, los que vieran cóm el mundo se deshace, no habría muro que no fueran a subir, no habría mar que no fueran a atravesar o frontera que cruzar. Debemos acoger a los refugiados», decía; en sólo siete meses el discurso era radicalmente distinto. En palabras del presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk en marzo: «Apelo a todos los inmigrantes económicos potenciales. No vengan a Europa. No arriesguen sus vidas».

Pero lo han hecho, y lo siguen haciendo, a pesar de que Europa es cada vez un territorio más hostil a su llegada. Sólo en Alemania los ataques a albergues de refugiados se quintuplicaron en 2015 al alcanzar los 1.031 casos, tras haberse registrado 199 en 2014. Entre esos ataques en 2015 hubo cuatro intentos de homicidio, 60 casos de lesiones personales, 94 ataques incendiarios y ocho con explosivos. Los delitos con motivación ultraderechista crecieron un 34,9 %.

En Hungría, el conservador Víktor Orban se ha destacado como uno de los principales opositores al reasentamiento por cuotas. El pasado septiembre empezó a aplicar una nueva ley por la que se criminaliza la entrada sin papeles con hasta tres años de cárcel, con cinco años más de agravante si en el intento se daña la alambrada de 160 km con Serbia.

La situación en Bulgaria no es mucho mejor. Aquellos que consiguen cruzar la verja fronteriza con Turquía no sólo han de burlar a la policía, sino también a grupos ultras que patrullan a la «caza» del refugiado. El pasado abril, un miembro de la autollamada Organización para la Protección de los Ciudadanos Búlgaros fue premiado por la policía de fronteras tras haber participado en la captura de 23 refugiados. Estos grupos difunden en Internet sus acciones, en las que se puede ver a refugiados atados siendo insultados.

También a Escandinavia han llegado estas patrullas neonazis. Así, en Finlandia son conocidos como los «Soldados de Odín», y en su página web animan a los ciudadanos «patriotas y críticos con la inmigración» a sumarse a sus actividades. En el 2015 llegaron a Finlandia 32.000 solicitantes de asilo, principalmente iraquíes. Casi diez veces las 3.600 personas que solicitaron protección en el 2014.

Este grupo extiende sus tentáculos vía redes sociales a Estonia, Suecia – segundo país de la UE que más refugiados ha recibido en relación a su población, unas 528 peticiones de asilo por cada 100.000 habitantes según Eurostat-, y Noruega -31.000 solicitantes en 2015–. También en Dinamarca ha habido reuniones de sus miembros. Este país causó polémica en enero cuando el Parlamento aprobó confiscar a los refugiados el dinero en efectivo que exceda los 1.340 euros. Algo que también se practica en los estados alemanes de Baviera y Baden-Württemberg, así como en Suiza con la justificación de ayudar a costear su acogida.

Respuesta solidaria ciudadana
No todo es rechazo, al mismo tiempo que se ha producido esta movilización de carácter xenófobo también se ha mostrado su opuesto. Decenas de miles de ciudadanos europeos desde Grecia –donde las poblaciones de las islas de Lesbos, Kos, Chios, Samos, Rodas y Leros han sido propuestas al Nobel de la Paz por su solidaridad- hasta España, pasando por Austria y Alemania, se han volcado en ayudar a los huidos de la guerra, la pobreza y el hambre.
El verano pasado eran habituales las imágenes de los voluntarios en Viena, Múnich o Berlín recogiendo alimentos y ropa para dar la bienvenida a los refugiados en las estaciones de tren. En Dinamarca varios ciudadanos se enfrentan a procesos judiciales por ayudar a cruzar la frontera a refugiados en sus coches.
Cientos de voluntarios internacionales –bomberos, enfermeros y médicos españoles entre ellos- se han estado desplazando a las islas griegas para tratar de salvar vidas, aliviar en lo posible la penuria del éxodo y dar consuelo y calor humano de primera mano. Ante la lentitud de los gobiernos en dar respuesta al gigantesco drama de los refugiados ha sido la ciudadanía la que ha tomado la bandera de la solidaridad.

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