04 de junio de 2017
04.06.2017

En la última brecha de los Balcanes

Levante-EMV recoge los testimonios de vecinos kosovores y serbios, escépticos sobre la posibilidad de una reconciliación étnica completa

05.06.2017 | 18:58
En la última brecha de los Balcanes
En la última brecha de los Balcanes

El puente de Mitrovica.
Al norte de Kosovo, cerca de Serbia, la herida balcánica no se ha cerrado. Pocos cruzan el puente de Mitrovica. Al sur vive la mayoría de 80.000 albaneses. Al norte, 20.000 serbios, la minoría más numerosa de esta nacionalidad en suelo kosovar. El puente, vigilado por la KFOR, está rodeado a cada lado de propaganda.

Ardi, albanokosovar de 32 años, es la primera persona que diviso cruzando el puente en obras de Mitrovica, después de hora y media de relajada guardia. Un hecho tan cotidiano y banal como atravesar una pasarela sobre un río, desplazarse a otro barrio, supone en esta ciudad al norte de Kosovo, próxima con Serbia, un gesto de enorme trascendencia. El puente sobre el río Ibar es uno de los baluartes simbólicos por el que todavía sangra la herida identitaria de los Balcanes. Al sur vive la mayoría de 80.000 albaneses. Al norte, rodeados de una falda montañosa, un gueto de 22.000 serbios, la minoría más grande de esta nacionalidad agrupada en suelo kosovar. En una región en la que la alineación de los ríos delimita las fronteras psicológicas y la topografía de una memoria vieja y castigada, el Ibar y los militares de la KFOR (la misión de la OTAN para Kosovo), marcan una división étnica en rígida cohabitación.

Una decena de operarios ultiman los trabajos de pavimentación del puente, que en la guerra de 1999 fue utilizado como frontline por las fuerzas serbias y las kosovares y cuya restauración ha sido financiada por la Unión Europea. Su reapertura, destinada a ser un mensaje de la reconciliación, estaba prevista para enero. Pero una serie de distintas fricciones políticas (como la polémica de un tren que partió desde Belgrado hacia Mitrovica decorado con los colores de la bandera serbia, los nombres de los grandes monasterios ortodoxos y la inscripción «Kosovo es serbio»), aconsejó retrasar los plazos hasta, al menos, junio. La paz, nítida y real, es todavía un anhelo alejado. La violencia se ha disipado pero la tensión se traslada a otro escenario, el propagandístico.

En las proximidades del puente, a uno y otro lado, se asiste a un colorido despliegue patriótico de banderas colgadas en farolas, murales y estatuas relativas a las dos nacionalidades. De la parte kosovar, la gigantesca imagen en bronce de un guerrillero armado mira hacia el norte. En la parte serbia abundan las banderas, grafitis que reproducen la imagen de la águila bicéfala serbia y también éxitos deportivos hasta acabar con otra estatua, de tamaño también considerable e inaugurada hace menos de un año. Es el príncipe medieval serbio Lazar Hrebeljanovic. El mártir y santo de la Batalla de Kosovo de 1389 señala con el brazo hacia el sur.

Ardi prefiere no reparar en todo ese imaginario. «Yo te lo cuento todo, pero no me hagas fotos». Ha encontrado trabajo como mecánico en la zona norte, a la que se desplaza cada día caminando. La mayoría de vehículos de los que se ocupa tienen la matrícula arrancada, una manera con la que los serbios extirpan toda vinculación con un estado del que no reconocen su independencia unilateral de 2008. «Se necesitarán muchos años para alcanzar una convivencia plena, pero se van dando pequeños pasos», señala Ardi, en un fluido inglés. «Si lo miras en perspectiva, después de 2001 era imposible tener una relación cordial con ellos. Yo no he hecho amigos en estos dos años, pero tampoco he tenido problemas, aunque procuro no hablar albanés. Hay una revista con periodistas de los dos lados. A veces algunos jóvenes cruzan al norte a tomar algo... Poco a poco, ya te digo. Yo lo que sé es que necesito trabajar y lo haré donde sea».

Encrucijada generacional
Al trauma de una infancia y adolescencia marcada por la metralla y la destrucción de un territorio cuyas casas se han levantado sin siquiera recubrir las fachadas de ladrillo, a la juventud se le suma otra losa, la de un paro que afecta a más de la mitad de la población menor de 35 años, que comprende el 70 % del total del país. Una encrucijada generacional que empuja a una emigración que también es compleja por la dificultad burocrática de obtener los permisos necesarios para un visado internacional por la falta de reconocimiento internacional unánime como nación de Kosovo: «Un amigo logró irse a España, a Alicante. Trabaja repartiendo pizzas. Le encanta ir en moto, a toda velocidad. Ya se rompió una vez una pierna, no aprende», prosigue Ardi, entre risas, antes de despedirse de su interlocutor chocando la mano al estilo rapero.
Cruzo los cien metros de puente, entre el ruido de taladros y grúas. En el otro extremo, cinco jeeps de carabineros italianos montan vigilancia armada. El jefe del destacamento, reacio en principio a intervenir, cambia de opinión, entusiasmado, al saber que soy valenciano, y que eso le permitirá, como alguerés de nacimiento, responder en el peculiar catalán sardo: «Aquí no pasa nada y todo está bajo control, pero la sensación permanente es que de uno y otro lado están en guardia. Pero si pasa algo, estamos nosotros», afirma el teniente, al que había interrumpido mientras departía de la eliminatoria entre la Juventus y el Barcelona con uno de tantos adolescentes que venden de forma ambulante helados de plátano recubiertos de crema de chocolate. En las calles de Mitrovica, también en las del norte, se respira tranquilidad, al menos aparente. Una vez acabada la guerra, únicamente en 2004 se reprodujo un capítulo de violencia intensa cuando tres niños albanokosovares se ahogaron en el Ibar, cuyo caudal aumenta con el deshielo de la primavera, y se extendió el rumor de una supuesta autoría serbia. Ni las fuerzas de paz pudieron impedir el asalto a las aldeas en la montaña y el incendio de varias iglesias ortodoxas.

Los serbios trasladan un mayor escepticismo en cuanto a las posibilidades de una unificación armoniosa de las dos comunidades. Marko es un ejemplo. Lleva dos años trabajando en una ONG de la zona. Es de Belgrado y se maneja con soltura en castellano, porque ha crecido viendo series españolas en versión original. «La situación es muy mala. Los albaneses no quieren una integración serbia en la comunidad, una reconciliación real». Marko me entrega un folleto en cirílico de su organización y se enciende un cigarro. Pausa el discurso: «Mira como están los edificios» -señala antiguas estructuras de hormigón, de herencia arquitectónica comunista-. «Aquí todo es viejo y se cae a pedazos, nos empujan a que nos vayamos. En cambio, en la parte sur disponen de toda clase de servicios, instalaciones. Todo es moderno».
A la pregunta de si, a la fuerza, la población serbia retrocederá hacia el norte, Marko arquea las cejas y adopta un tono solemne: «La situación es muy dura, pero aquí la gente aguantará, lo último que hará será abandonar una tierra que es nuestra». Una resistencia a la que ha contribuido también, con el pago de subsidios durante años, el gobierno de Belgrado. Tanto los serbios como los albaneses ven en Kosovo, sobre todo en la zona sur, hacia la medieval villa de Prizren, el origen histórico de sus dos nacionalidades.

Sigo el paseo por la zona norte y sus calles escarpadas. Trato de completar la información relativa a la seguridad preguntando a un policía, que traslada por walkie-talkie la petición a un superior, situado a cincuenta metros de distancia. De manera muy educada, me piden la documentación y, una vez comprobada, ruegan que por precaución regrese a Mitrovica Sur. Antes de volver a cruzar el puente, me detengo en el «paso fronterizo» que representa el bar «La Dolce Vita», pegado al río. Bozidarka, joven serbia, fuma en la terraza y se muestra receptiva a hablar, antes de reiterar la común aclaración: «Quotes ok, no photos». «Nunca me sentiré albanesa, porque no lo soy. Es difícil explicar los sentimientos que hay en esta ciudad. Va a ser muy complicado que lleguemos a ser una sola comunidad. Todos perdimos familiares, pero las diferencias no vienen del recuerdo de la guerra, vienen de siglos atrás. El puente lo arreglarán y saldrá en las noticias, pero el río continuará siendo un muro». «Al menos sí que se ha logrado una coexistencia pacífica», añade, mientras remata el café.

Nada más atravesar el Ibar, en la parte kosovar se encuentra el restaurante Ura («puente» en albanés), con una carta italiana en el menú y muy frecuentado por el personal administrativo y militar. Hidajet, uno de los camareros, enfoca el problema no tanto en la disputa étnica, de orígenes casi arqueológicos, sino en la ambición «interesada» de una clase política «arrogante»: «Si no hay una paz real es por las continuas tensiones políticas. La última ha sido que si en el lado serbio se estaba levantando un muro. Excusas. El problema no es de la gente. La gente tiene una capacidad de perdón más grande que la de la gente a quien han votado. Aquí todos son bienvenidos». Un propósito bastante idílico con la crudeza de una realidad que documenta que solo 14 serbios viven en Mitrovica Sur, según los datos del último censo, de 2011.
Sin embargo, el discurso de Hidajet cobra sentido con una escena que acontece de repente en el exterior del local, a los pies del puente. Una comitiva de coches se abre paso, acompañada de un par de cámaras de televisión y redactores gráficos. Del primero de los vehículos desciende, dando abrazos, Agim Bahtiri, el alcalde de Mitrovica Sur. El séquito, de una docena de personas, da un corto paseo fotográfico por el puente y se detiene justo en el extremo norte, sin llegar a acabar de cruzar un suelo levantado por las taladradoras. Tres minutos después, toda la expedición se esfuma con rapidez. La historia oficial y la convivencia en Mitrovica esperan entrelazar sus caminos para que todos los Ardi, Marko, Bozidarka e Hidajet encuentren el puente definitivo de la concordia.

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