Olga Briasco, Valencia
La situación política de sus países les obligó a salir de forma precipitada. Eran conscientes de que dejaban atrás lo que había sido su modo de vida hasta entonces. Cogieron esa mano tendida por miedo, por ansia de ayudar a sus familias y sin saber qué les aguardaba en el futuro. Ahora están en Valencia aprendiendo un idioma y un oficio que de niños nunca pensaron ejercer, quizá por desconocimiento. Sólo desean formar parte de una sociedad que mira con cierto escepticismo la inmigración.
"Doy las gracias por estar aquí porque muchas de las personas que están en mi misma situación no han tenido tanta suerte", comenta Alejandro, uno de los diez alumnos que participan en los talleres de electricidad, fontanería y castellano que se imparten desde el Centro de Acogida a Refugiados (CAR) de Mislata con la colaboración del consistorio de la localidad.
Alejandro llegó a Valencia en diciembre procedente de Colombia por culpa del conflicto interno que se vive allí. Tema del que no le gusta hablar pero sí recalcar que "soy de Buenaventura, en el Valle del Cauca" y enfatiza que "es el primer puerto de Colombia" pero no dice que es la región, junto a Tumaco (Nariño), donde hay más pobreza y discriminación.
Echa en falta sus raices pero mira con optimismo las oportunidades que le brinda la vida: "La situación económica es muy complicada pero con las orientaciones y aprendizajes de los talleres tenemos la oportunidad de encontrar un trabajo decente", comenta.
Para el profesor del curso, Manolo López, su alumno aventajado es Mali, de Costa de Marfil. "Llega el primero y es el último en salir por la puerta" comenta destacando que "es muy ordenado".
Un poco sonrojado, Mali asegura que "no es cierto" pero reconoce que "me gusta mucho aprender" y ejemplo de ello es que en tan sólo once meses comprende perfectamente el castellano, aunque todavía le cuesta expresarse. Además, el joven, de 29 años, confiesa que "nunca había conocido estos oficios" porque su aprendizaje "es sólo accesible para las familias que tienen dinero".
No sabe si prefiere trabajar en la fontanería, la electricidad o en el mantenimiento de edificios pero sí sabe que ahora "hay trabajar de lo que sea" y que en España "me siento muy a gusto porque hay más personas de mi país -en los cursos hay cuatro compatriotas-y hay gente que nos intenta ayudar". Sobre este tiempo de vacas flacas sentencia que "en la vida hay tiempo para lo fácil y lo difícil".
Una mujer en el grupo
Esther Afimj vino de Eritrea (noreste de África) hace tres meses y se comunica con ciertas complicaciones: "Me comunico un poco en inglés y un poco en castellano. y Si no, con gestos", comenta la joven de 21 años sobre su primera barrera al llega a España.
Esther estudió una ingeniería, "tengo estudios superiores", dice con orgullo. Sabe que en Valencia trabajará "de lo que pueda" y con esperanza augura que "cuando tenga un buen trabajo traeré mi familia a Valencia". Con esta misma actitud de constancia y empeño, aprende a soldar y a desempeñar trabajos que tradicionalmente se han vinculado al hombre. "Todos los trabajos son para hombres y para mujeres", dice con aires reivindicativos mientras su profesor destaca que "en mis años de experiencia (15 años) nunca había visto a una mujer en este tipo de talleres".
Para enseñarles, López utiliza la técnica de la imitación: "Primero hago el trabajo para que aprendan como se hace" y después "veo como lo hacen ellos y les corrijo las posturas". Además, ensalza su "interés y ganas de aprender" ya que "cuando terminan las dos horas cuesta que marchen de la clase".