EFE/ O. B. VALENCIA
La alimentación es una manifestación de la civilización de cada pueblo. Las materias primas, los condimentos o las técnicas culinarias son diferentes en cada país por la herencia cultural y las características territoriales. En el último siglo la globalización ha permitido que dichos rasgos se entremezclen paulatinamente y, desde la recesión económica, se vean modificados. Estos cambios afectan, sobre todo, a las personas extranjeras ya que, en su cesta de la compra, predominan más las marcas blancas, los productos congelados y los alimentos prefabricados.
Pero, además, las estrecheces económicas, la sobrecarga de trabajo y la falta de espacio en la cocina dificultan su capacidad para tomar medidas de seguridad alimentaria y evitar riesgos para su salud, según se desprende del estudio de la empresa especializada en análisis social Ansoap.
El estudio se ha basado en noventa entrevistas inmigrantes de algunas de las comunidades más numerosas en Catalunya, como son los ecuatorianos, colombianos, uruguayos, paquistaníes, marroquíes, chinos, senegaleses y gambianos.
Estos colectivos "suelen tener pautas alimentarias basadas en los productos frescos y tienen que modificarlas y acostumbrarse a los productos envasados y los congelados", explicó la antropóloga Elena Espeitx, autora de la investigación junto a Juanjo Càceres. De hecho, según el estudio Hábitos alimentarios de los inmigrantes en España 2007, los principales productos que han dejado de consumir son el cous-cous entre la población magrebí; los pescados y mariscos entre los europeos del este y asiáticos; y ciertas frutas tropicales entre los latinoamericanos.
Esta dificultad de acceso a los productos autóctonos lleva a los emigrados a pedir a sus familias que, de vez en cuando, envíen algunos productos típicos de su región. Para Espeitx "el importante flujo de productos provenientes de países de origen" es otro de los elementos diferenciales de la alimentación de los inmigrantes que "tienen que ser especialmente cuidadosos porque algunos alimentos recorren un largo periplo antes de llegar a la mesa".
Hombres solteros
Pero esa integración gastronómica se está produciendo a gran escala entre el colectivo inmigrante ya que el 55% de los extranjeros califican sus comidas de "españolas" frente al 45% que las califican como de su país de origen. Asimismo, el estudio sobre los hábitos alimentarios destaca la evolución positiva de los inmigrantes de América Central y del Sur, que ha pasado de un 46% en 2004 al 59% actual, situándose ahora por encima de la media. Actualmente, los asiáticos son los que muestran un porcentaje menor de consumo de comida española, con un 32%.
Pero las dificultades económicas por las que pasan muchos inmigrantes, junto con el desconocimiento de productos españoles, lleva a este colectivo a sustituir hábitos saludables de sus países de origen por conductas menos sanas que provocan obesidad. Destaca el abuso de la denominada "comida rápida o fast food" y el sedentarismo.
Pero esa integración también comporta malos hábitos: "Suelen congelar piezas grandes porque resultan más baratas que las troceadas o porque las traen de sus países de origen cuando van de visita", explica la antropóloga recalcando que "este hecho facilita malas practicas en el congelado".
También destacó la situación de los inmigrantes que viven en pisos compartidos con varias familias o subarrendados: "Suelen tener poco espacio en la nevera y eso dificulta la conservación de los alimentos". Aunque el informe de Ansoap califica de "grupo especialmente vulnerable a los riesgos alimentarios" a "los hombres que comparten pisos con otros hombres y proceden de culturas donde las mujeres se encargan de la alimentación de todos los miembros de la familia" ya que, en opinión de Espeitx, "si en la vivienda no hay ningún miembro con experiencia ni competencias previas adquiridas, los riesgos alimentarios son más altos".