OLGA BRIASCO VALENCIA
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Acudir a clase es siempre un beneficio -el saber no ocupa lugar y hay que labrarse un futuro- pero un aula puede ser también un espacio en el que compartir experiencias y aprender que uno mismo es quién tiene las riendas de su vida. Sólo hay que valorarse y que alguien enseñe el camino. Éstos son algunos planteamientos y conceptos que la Fundación Secretariado Gitano de la Comunitat Valenciana en colaboración con el programa CAM Romí de Caja Mediterráneo abordan en los diferentes talleres y cursos.
Soraya, Trini, Josefa, Macarena, Séfora... (hasta un total de doce mujeres) entraron en el aula con gran revuelto y alboroto: "¡Qué grande está tu hija!", "tu pequeño se parece más a tu marido", comentaban amigablemente sobre los hijos que sujetaban en sus brazos o llevaban en sus carritos. En total, siete bebés y niños que presenciaban -sin darse cuenta- uno de los momentos en que sus madres piensan en ellas. "Aquí no solo aprendo sino que desconecto con la rutina, es otro ambiente", comenta Trini.
"Hay talleres de todos los tipos pero aquí les explicamos y enseñamos a hablar en público, a maquillarse, a cuidar a su hijo...", explica Amparo López, la encargada del taller, quien matiza "al ser la primera clase les dejamos que estén con sus hijos". Pero esta situación es "una excepción" porque durante las sesiones los niños están en la guardería -una habitación del centro habilitada para tal fin-.
Con un plato de pastitas en la mesa y el café que lo sirve Mari Luz -también cuida de los pequeños- comienza la sesión. El primer ejercicio que hicieron fue escribir o dibujar qué les apetecía hacer durante el año. Algunas con su bebé en brazos y, otras, con la ayuda de López para que se lo escribiera, comenzaron la tarea: Ir de excursión, leer, escribir, pintar un cuadro o maquillarse fueron algunas de sus propuestas, donde no faltó "una fiesta gitana, con palmas y mucha diversión", dice Luisa. "Yo quiero aprender a escribir", dice una mientras otra le corta y exclama: "¡A mí me gustaría aprender a cantar!". Pero también hubo quien no se pronunció porque "ya no sé ni lo que me apetece".
Hacia la integración
Todas ellas tienen en común que quedaron embarazadas a muy temprana edad y son ellas las que se ocupan de las tareas del hogar."Me quedé embarazada por primera vez cuando tenía 16 años", explica Soraya, que a sus 21 años, ya tiene dos niños. Macarena, su tía, tuvo a su hija con la misma edad que Soraya. Después vendrían ocho más. "Ahora la mayor tiene 16 años y se quiere casar pero yo le digo que se espere, que no puede depender tan pronto de un hombre y tiene que hacer su futuro", explica Macarena.
Arreglarse, cuidarse y saber controlar sus nervios son otras de sus preocupaciones: "A mi me gustaría saber pintarme porque cuando me arreglo parezco otra", explica una de ellas mientras se toca el pelo enmarañado, recogido en una coleta. Para otra, "hacerse las uñas" o "tener tiempo para mi" es su ilusión. Todo ello se debe a su estilo de vida, marcado por el cuidado de sus hijos y de las tareas del hogar. "Desde que me casé con mi marido sólo tengo trabajo en mi casa", confiesa una. Macarena añade "en mi casa las tareas nunca terminan, siempre hay una olla que hacer o una habitación que limpiar".
Pero las sesiones van mucho más allá porque es un tiempo donde aprenden a leer y a escribir, abordan temas de salud, conocen las enfermedades sexuales y cómo prevenirlas, les enseñan a confeccionar un currículo o aprenden a hablar en público. En definitiva, un tiempo en el que ellas mismas crecen como mujeres, se alejan de sus quehaceres domésticos y avanzan hacia la integración social y laboral. Un espacio que "es otro ambiente" y que "me ayuda a aprender cosas de las que nunca había oido hablar antes", confiesan.