23 de agosto de 2015
23.08.2015
Bombeja Agustinet!

Césped recién cortado

23.08.2015 | 01:01

Hueles eso? Es napalm, hijo. Nada en el mundo huele así. ¡Me encanta el olor del napalm por las mañanas!». Las palabras son del coronel Bill Kilgore, por boca de Robert Duvall, sobre aquella playa perdida del sangriento Vietnam de los 60. Apocalypse Now, claro. Nunca he olido el napalm, ni falta que hace. Pero Kilgore no sabía de qué hablaba. Porque nada huele en el mundo como el césped de Orriols recién cortado el primer día de partido, con la ilusión, aún virgen, de una nueva temporada.

En los 70 los niños, tras un largo estío esperando que llegara ese día, corríamos hacia el boquete del gol Orriols, donde siempre han visto el fútbol los minusválidos, para volver a olisquear todo aquello a pie de campo, nuestro particular abrazo tras el reencuentro con un ser querido, la bombonera diseñada por Juan José Estellés, el escenario de nuestros sueños. Más allá de su valor sentimental, algún día su obra arquitectónica más popular será patrimonio protegido. Si no, al tiempo.

Hoy comienza la Liga en Orriols. Y nos apoyábamos en el murete, antes de que pusieran las vallas, desde donde oteábamos la caseta del marcador, con sus cartelas numeradas, el escudo iluminado sobre la Senyera, los grises peldaños de cemento, las porterías con los travesaños de madera repintados, la tribuna, de un blaugrana esplendente, con su singular cubierta, las rayas de cal y, sobre todo las banderas, algunas deshilachadas, para reconocer las de los clásicos rivales. Son los años de Grau Torralba, que asumió el reto de sustituir al mejor presidente de nuestra historia, Antonio Román. Grau hizo cosas buenas: trató de resucitar al levantinismo, impulso los torneos veraniegos, quiso subir un escalón o colocó en la solapa de Salva Regües la insignia de oro y brillantes, una tradición abandonada y necesaria en un club que aun depende, para fortalecer su alma, de muchos esfuerzos altruistas. Sin embargo Grau, como tantos otros, no esquivó las clásicas tentaciones: jugar a entrenador, creerse eterno y pecar de vanidad. Nada más aterrizar tomó la inelegante decisión de suprimir el nombre de Román del estadio. De esa época es también el retorno de Toni Calpe, más de una presunta compra de partido, las formaciones de forzudos con patillas, las camisetas de algodón ajustadas y tantos detalles del fútbol «vintage».

En aquellos tiempos el Nou Estadi era un buque varado entre huertas, con sus flamantes luces perdidas en la inmensidad del Mediterráneo, durante las noches de Copa. En los accesos, en fila india sobre las acequias, los más viejos del lugar se compadecían: quan muigam mosatros, ningú vindrà a vore al Llevant. Las ilusiones de los escasos nanos de Orriols no compensaban el pesimismo ni permitían soñar con el relevo generacional. Pero sin saberlo ya ondeábamos las «banderas de nuestros padres», los insensatos que nos inocularon un sentimiento que no entiende de renuncias ni de derrotas. Esta noche serán miles los niños que jaleen a sus ídolos en Orriols. Olerán de nuevo a césped recién cortado y tendrán esa huella ya para siempre con ellos. ¡Miles! Otearán los mástiles y la enseña granota entre las de los clubs más grandes. «Es el césped de Orriols recién cortado, hijo. Nada en el mundo huele así». Todo ha cambiado para que nada cambie. Seguimos siendo un club valenciano, y además aquellos viejos se equivocaron. Como cantan los Gol Nord: Llevant, mai aniràs sol. Lo cierto es que vencimos aquella guerra por la supervivencia. Más aún, aunque me acusen de blasfemo: resucitamos. Y el Llevant seguimos siendo nosotros. Más que nunca. Miles velamos por ti.

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