22 de noviembre de 2015
22.11.2015

Mirar al cielo y crecer

22.11.2015 | 04:15

Sí, nadie debería morir nunca. Lo sé. Podríamos evitarnos todo ese dolor inmenso de la pérdida de los seres queridos que marchita nuestra mirada a medida que avanzamos en la vida. Sin embargo aceptamos la muerte. ¿Cómo no hacerlo? Hay muchas formas de morir: hacerlo a partir de cierta edad parece razonable, pero irse antes de los 40 es una tragedia. Hay un periodo, a partir de esa edad y antes de la decrepitud, en que se instala la madurez y el sosiego y se alcanza una cierta y placentera plenitud. Que entonces venga a buscarte la parca es, sin duda, una anomalía del cosmos.

Anteayer se marchó Álex Farpón, el anfitrión que nos invitó, por ejemplo, a ver como el Llevant se ponía líder de Primera, tras su victoria en Vila-Real. En los años 50 y 60 cada taberna y bodega del Cabanyal, por pequeña que fuese, tenía una peña levantina. Me gusta imaginar que en el bar Travessia rescatábamos el sabor de aquel tiempo de hegemonía granota. Ser parroquiano de un bar y ver a tu equipo allí con los amigotes ofrece otra perspectiva de la militancia futbolera, muy distinta a la de Orriols. Vives el partido entre gente de paso o que le da igual el fútbol, algún choto, tipos de incógnito que exploran los límites de tu paciencia y toda clase de especímenes, entre ellos, nosotros.
Convivir con todo ese ambiente tiene su aquél. A veces el personal bebe demasiados tercios, por la tensión del partido (o de la vida) y parece que en cualquier momento las sillas vayan a volar por los aires, como en un saloon. Álex tenía un corazón enorme y siempre nos hizo sentir en casa. Ver al Llevant fuera nunca será ya lo mismo. Pasar por la travessia de Just Vilar en el Canyamelar y no encontrarle cada día con su sonrisa aviesa, tampoco.

Tenía 52 años y falleció de un infarto. Como Manolo Preciado, a los 54, en 2012. Conocí al cántabro gracias a Levante UD. El libro del ascenso. En la sesión de fotos sobre el césped de Orriols insistió en posar con su perro. Estaba muy tocado desde el fallecimiento de su mujer Puri en 2002 y el animal siempre iba con él. Unas semanas después del ascenso de Xerez de 2004, perdió también a su hijo de 15 años. Cuando el destino se muestra tan cruel, solo queda acongojarse por la fragilidad de la vida y honrar a los que se fueron. «La vida me ha golpeado fuerte. Podía haberme hecho vulnerable y acabar pegándome un tiro o podía mirar al cielo y crecer. Elegí la segunda opción». Así era Preciado y así deberíamos ser todos: mirar al cielo y crecer. No se dónde veremos hoy el fútbol, pero espero que su hijo, su mujer y el resto de su familia tengan el coraje para mirar al cielo y crecer.

Él y Manolo estarán omnipresentes hoy. Llevant y Sporting necesitan la victoria, algo tan terrenal que parece casi una frivolidad. En el horizonte de ambos, seguir en Primera. Para el Llevant los tres puntos podrían servir para abandonar el farolillo rojo y, sobretodo, para certificar que jugar bien al fútbol es útil para vencer, después de años de patadón y tentetieso. El Molinón rugirá como siempre. Han vuelto a Primera para quedarse. El Llevant, sin embargo, con la mejor plantilla de su historia, debe conseguir que el fútbol de gourmet exhibido desde la llegada de Rubi se concrete en goles y triunfos. Camarasa, el tipo a quien Alcaraz quería ceder en enero, ha tomado al fin el mando del Llevant y ha vuelto a la Sub-21. Tiene la misión de catalizar el talento de sus compañeros. El Molinón, pese a toda la carga emotiva, los pelos y las escarpias por el afecto compartido por Manolo Preciado, debe ser el punto de inflexión para que la escuadra blaugrana inicie la escalada en la tabla. Y crecer.

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