Relevo

Fin de fiesta en Feria Valencia

La etapa de Catalá se enmarca en la época de la euforia y de la desmesura que caracterizó los gobiernos de Zaplana y, sobre todo, Camps

04.11.2013 | 00:24
 Juste, Catalá y Rita Barberá
Juste, Catalá y Rita Barberá

El relevo este miércoles de Alberto Catalá por José Vicente González en la presidencia de Feria Valencia cierra un período de 14 años con más sombras que luces por el declive de la institución y abre la puerta a la esperanza de que el también presidente de la patronal autonómica Cierval consiga desbloquear las trabas que atenazan a la institución y ponen en riesgo su futuro.

Con su dimisión el pasado miércoles como presidente, Alberto Catalá puso fin a la etapa con más sombras de la casi centenaria historia de Feria Valencia. Catalá deja atrás una institución que atraviesa su peor coyuntura y cuyo futuro se presume difícil. Es el adiós a uno de los emblemas de los años de triunfalismo valenciano y también de cómo aquella euforia se despilfarró en fiestas, fanfarrias, vacua arquitectura y sueños de grandeza. Cuando Alberto Catalá, avalado por la presidenta del patronato y alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, llegó al cargo en diciembre de 1999, Feria Valencia era una institución con la carcasa envejecida y en cierto modo anquilosada, pero todavía prestigiosa en lo que era su cometido: la organización de certámenes comerciales, algunos de ellos, como el del mueble, entre los principales del mundo. Es cierto que había perdido el peso de unos años antes, que la situaban entre las principales instituciones feriales de Europa, con una vicepresidencia, incluso, en la Unión de Ferias Internacionales, pero seguía siendo un referente. Catorce años más tarde, Catalá ha dimitido dejando como principal legado un megarecinto „de los más grandes de Europa en superficie„ mastodóntico, imposible de llenar. Los grandes certámenes que reclamaban mayor espacio han disminuido de manera tan alarmante que la antigua Feria del Mueble, emblema de la entidad, ya no se celebró en 2013 y ahora lo hará en 2014, muy reducida, junto a Cevisama, el único evento de auténticas dimensiones que le queda a la Feria. No hay contenido para llenar tanto continente, hasta el punto de que uno de los pabellones ha tenido que ser alquilado a Teyoland para intentar sacarle beneficio. Es una más entre tantas desmesuras que caracterizaron los años de los populares Zaplana y Camps al frente de la Generalitat. Meros ejercicios de apariencia sin sustancia. Todo se hacía a lo grande porque Valencia tenía que ser lo mejor del mundo. No se reparaba en gastos ni deudas. De ahí surge la monumental inversión de casi 600 millones „después de los habituales sobrecostes„ que ahora se ha convertido en otra losa para la Generalitat, porque la Feria lleva muchos años en pérdidas o sin generar los recursos suficientes y es la Administración autonómica la que tiene que costear anualmente los pagos (32,2 millones en 2014). Si la grandilocuencia fue norma en aquellos años de la historia valenciana, la corrupción era la mano que la mecía. Feria Valencia no se libró de quedar salpicada por las irregularidades. La gestión de los años de Catalá en la institución „repartidos entre Belén Juste y Carlos Vargas en la dirección general hasta la llegada en febrero de 2012 de Enrique Soto, el hombre enviado por la patronal para poner orden„ está plagada de sombras: desde la vinculación a la trama corrupta Gürtel, que llegó a pasearse por la Feria como Pedro por su casa, hasta la utilización del presupuesto para fines „viajes, sobre todo, que se conozca„ difícilmente explicables. Ello sin olvidar que Feria Valencia, sobre todo en la etapa de Camps, estuvo al servicio de la Generalitat, el Ayuntamiento y el PP como lo están los legionarios al de su comandante.

Esa época ya se acabó. Formalmente lo hizo el pasado miércoles cuando Catalá presentó su dimisión ante el comité ejecutivo y José Vicente González, hasta entonces vicepresidente segundo, le sucedió en la presidencia, pero en realidad el fin de fiesta había comenzado en diciembre de 2011, cuando los empresarios pactaron la discutible continuidad de Catalá a cambio de hacerse con el control de los órganos de gobierno y de gestión de la entidad con el propósito de emprender un cambio de rumbo que la salve. La tarea es complicada, porque la crisis económica, por la vía de cerrar empresa (expositores) y menguar sectores (certámenes), ha mermado de manera considerable el negocio ferial. Un segmento de mercado que, como le está sucediendo a otras actividades, también se ha visto muy perjudicado por la irrupción de Internet, el mundo tecnológico y la mejora de las comunicaciones, que cada vez hace más difícil mantener el viejo concepto tradicional de feria basado en las novedades de producto y el contacto directo con el cliente.

Ante esta tesitura, los actuales gestores de Feria Valencia se están replanteando la estrategia de la institución, después de acometer los ajustes tan en boga en estos tiempos de la austeridad, es decir, el recorte de gastos. A principios de 2011, aplicó un ERE a 106 personas, casi un tercio de la plantilla de entonces „ahora ha anunciado otro que reducirá el número de trabajadores en otro centenar„ y redujo salarios a los que se quedaron, ente otros recortes. Aún así, estas medidas han sido insuficientes, hasta el punto de que en junio no pudo pagar un 25 % de las nóminas por falta de liquidez. Desde entonces, la institución negocia con la Generalitat un aval que le permita acceder a un crédito de tres millones pactado con el BBVA con el que pretende garantizarse tesorería para afrontar los cambios que contemplan su plan estratégico. El aval, en realidad, ya existe, pero el Consell se resiste a autorizarlo, porque, ahogado en deudas y pesaroso por tener que hacer frente todos los años al coste de las obras, no quiere apalancarse más. Está mirando con lupa los planes feriales para garantizarse de que son viables. Catalá no ha tenido el peso o la autoridad para lograr desbloquear esas negociaciones. Su sucesor, quien ya ha anunciado que agotará la legislatura, prevista hasta diciembre de 2015 y que compaginará el cargo con la presidencia de la patronal autonómica Cierval, se ha fijado como prioridad lograr ese aval. Otra de las dudas que se cernían sobre la institución, el de su naturaleza jurídica, ya está despejada: Feria Valencia es empresa pública. De ahí que el Consell tema más endeudamiento, porque irá a cargo de sus cuentas.

El otro gran proyecto ferial de futuro, muy ligado en realidad al anterior, es la división de la empresa en dos sociedades. Una de ellas se quedará con el patrimonio y la otra se dedicará a la parte comercial y a generar recursos suficientes para contribuir al mantenimiento de los edificios y a colaborar con el Consell en el pago de las deudas. La propuesta, que González ha asumido plenamente aunque admitiera que estaría abierto a ciertos cambios, levanta suspicacias en el Consell, que teme quedarse con el muerto (los inmuebles) y perder los ingresos. Este cambio, sin embargo, es sobre todo formal, porque el verdadero reto es lograr, por la vía de la explotación del inmenso recinto de Benimàmet o de la celebración de eventos en otros, como va a suceder con el traslado a Madrid de la feria de la moda infantil, que la institución consolide un modelo de negocio comercial que le garantice la supervivencia en un sector en el que, al menos en España, existe una inflación desproporcionada de recintos feriales que cada vez más luchan por comerse las pocas migajas que deja el mercado. Ahí estará la puerta del futuro y todo el mundo espera que González y Soto „en definitiva, los empresarios„ tengan la llave que la abra. Nadie quiere que esa llave sea la del cierre, pero la tarea parece hercúlea.

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