Hay que reconocer la efectividad del endurecimiento de las sanciones, y como consecuencia el descenso de accidentes mortales en las carreteras. Está claro, que el palo tiene sus efectos en situaciones de caos como existían en la circulación rodada. Ahora, salir a la caza y captura de todo lo que se mueva, evoca aquellos tiempos pasados de los que ya nadie quiere acordarse. El ofuscado Director General de Tráfico, Pere Navarro, mantiene su fijación en la velocidad como el mal de males, y de paso, atiborra las arcas de la administración a base de embargar las cuentas a media España. Ahora, amenaza con 264 radares móviles durante estos días de vacaciones, con la justificación de rebajar un 20% los accidentes mortales. Imagino, que no ha repasado las causas principales de la siniestralidad; conducir bajo los efectos del alcohol o drogas, despistes de los conductores -factor humano- muchas de las veces por la mala señalización y la pésima situación de la calzada, o la apatía en solucionar los puntos negros, donde saben perfectamente que se matan personas todos los días. Hay que tener estómago para salir en ruedas de prensa -le encantan- a decirnos lo malos que somos conduciendo, y lo excelso de su política punitiva. La paranoia que persigue a Navarro con la velocidad, a la que confunde con el tocino, le lleva a gastarse el dinero en más radares para que no pasemos de 120 km/h, a todas luces inadecuada para el tipo de autopistas y los vehículos que hoy se fabrican, mientras elude meterle mano a los verdaderos problemas del tráfico. Es evidente su afán recaudatorio para quedar bien con sus jefes que se pasan por el forro estos límites, como su mismísimo chófer, y vaciar los bolsillos de los contribuyentes. No me extraña que haya una página web pidiendo su dimisión. Pero al menos entramos en la semana de la de F1 en Valencia donde la velocidad es libre; para ellos.