No aprenderemos nunca. Las modas se convierten en tendencias y estas, en obsesión. Al menos es lo que hemos comprobado desde hace muchos años en las economías capitalistas donde, cuando alguien dice que algo funciona, todo el mundo se vuelca hacia ello hasta que deja de funcionar y se lleva por delante a una gran mayoría. Esa es la sensación que hemos notado en Francfort al ver tanto coche eléctrico y tantos planes de grandes empresas sobre la movilidad basada en la electricidad. Ya los tenemos aquí; en un año habrán pequeños urbanos funcionando por las calles sin necesidad de ir a la gasolinera y sin contaminar el ambiente. Pero seamos realistas; ¿están nuestras ciudades preparadas para acoger a miles de vehículos enchufados a la red y cuanto nos costará -incluida contaminación- generar la corriente eléctrica suficiente para dicho abastecimiento? Creemos ciegamente en la limpieza del planeta, pero vender, especialmente los políticos europeos, que la electricidad será la panacea de este contaminador llamado coche, nada de nada. Mientras se nos queman los transformadores por antiguos y sobrecargados, nos quedamos sin luz en momentos de máximo consumo, o no se dispone de una adecuada infraestructura para la recarga, quieren comercializarlos a partir del próximo año y crear el caos entre los consumidores. Una vez más comenzar la casa por el tejado. No sólo han saltado estas chispas en los pasillos enmoquetados del salón alemán, también a Carlos Ghosn(Renault) se le electrizaba el pelo cuando le preguntaban sobre Flavio Briatore y su despido, o la descarga eléctrica que soltaba a modo de sentencia el presidente del primer grupo europeo Volkswagen, Martín Winterkorn: "no me gusta que mis proveedores me hagan la competencia". Sin duda se refería a la compra de Opel por parte de Magna, una de las mayores empresas auxiliares del motor.