No me refiero al coche de la Vuelta ciclista a España, que por cierto han sido los Ford, ni a los del campeonato del mundo de motociclismo, que son los BMW; ni mucho menos a los de la F1, los de la estrella alemana, sino más bien al automóvil que disfrutan nuestros entrañables políticos. Hay que ver como los exprimen hasta la mismísima puerta a donde van —con lo bueno que es caminar—, que limpios los llevan, y que poco consumen según ellos. Pero al margen de la crisis profunda que padecemos, sobre todo en las arcas institucionales, y que debería marcar un estilo austero en los gastos pomposos —al menos por solidaridad y buen gusto—, es preocupante la actitud grosera hacia los ciudadanos a la hora de dejar sus flamantes Audi y otros en cualquier sitio. Estamos cansados de ver en el carril bus, junto al río, toda la flota cuando sus señorías acuden a les Corts; horas y horas obstruyendo una vía importante, o cuando se van de comida y colapsan una esquina mientras zampan y charlan, o no les digo cuando el concejal, Alfonso Grau, decide ir a su Caja de Ahorros dejando al chófer en la misma puerta de una importante avenida hasta que acabe sus operaciones. El mismo que ha declarado esta semana, «que para ir a la peluquería cogemos el coche en lugar de caminar», sin caer en que el problema es que no hay donde aparcar, viva uno donde viva y vaya donde vaya. Todos justifican sus coches, blindajes y guardaespaldas por los riesgos y miedos del político, pero yo no me hice trapecista por pánico a las alturas, por ejemplo; vamos que cada uno asume los riesgos que quiere en su profesión y obtiene sus ventajas. Está claro que las tienen más que nadie, entre otras cosas por que se las toman, olvidando que son servidores del y para el pueblo. Yo me pregunto que si la política es gobernar con arte y ciencia ¿dónde habrán aprendido los nuestros que carecen de ambas cosas?