No se si estoy más contento porque no habrá canon por la Copa del América, o por ver rodar a los Ferrari por las calles de Valencia. Uno ataca directamente a mi bolsillo —con lo duro que es eso—, y la otra a la idiosincrasia de los que aún nos huelen las manos a gasolina. ¡Quién nos iba ha decir que las calles se cerrarían para ver quemar goma a los Ferrari de la F1!. Me imagino lo difícil de discernir por el ciudadano que lo multen a más de 50km/hora por el paseo de La Alameda, cuando un día, de repente, aparecen los Ferrari rodando a más de 200 km/hora por el mismo lugar. Valencia se ha convertido en ese oscuro objeto del deseo, en la que todos quieren celebrar sus fiestas, onomásticas, congresos, o eventos deportivos, gracias a su luz, su ambiente, su gente, y sin duda, por la ornamentación de edificios singulares que la dotan de gran belleza, como fondo y recinto de eventos. Pero no hay que perder la cabeza, ya que esto mismo ha ocurrido en otros lugares del mundo, y hoy no se acuerda nadie de ellos. Esto no es fruto de la casualidad, ni de que algunos se empeñen en ponerse medallas, sean o no suyas. Esto es la consecuencia de que todo un pueblo como el valenciano, haya apostado por invertir en ello, endeudarse hasta las pestañas, y soportar molestias. Al final es un balance. Los acontecimientos deportivos y sociales celebrados en Valencia relacionados con el motor son innumerables, pero también es incalculable el coste, sobre todo porque siempre son los mismos los que se mueven alrededor de ellos. ¡Qué casualidad! Nunca se me olvidará que el máximo responsable de una multinacional que montó algo para Valmor en la F1, dijera en público que en Valencia había tenido que vender su producto más caro por indicación. Pero al margen de estos pequeños detalles, no podemos dejar de alegrarnos por la magnífica situación en la que se encuentra Valencia entre los gurús del automóvil. Forza Valencia.