El acelerón dado por el Gobierno bajo el pie de su ministro de Industria, Miguel Sebastián, ha sido notable en los últimos meses del año, de cara a presentar una limpia tarjeta de visita cuando llegue a la presidencia de Europa. Reuniones con administraciones públicas, empresas privadas de todo tipo y con los medios de comunicación han sido la prioridad del ministro energético para concienciarnos de que el futuro está en el vehículo eléctrico. Hasta dos grandes, como son Renault y Peugeot, han acudido en ayuda del proyecto gubernamental con productos palpables como el Zoé, que se pondrá a la venta en el 2012, o el BB1, que se plantó por las calles de Madrid hace escasos días para demostrar que se puede circular a 90 km/hora con una autonomía de 120 kilómetros. Es indudable que el factor social para reducir las emisiones de gases ha influido mucho en los últimos tiempos, pero no podemos olvidar que tan sólo en 2009 se han emitido 440.000 toneladas menos de CO2 con la renovación del parque de vehículos de más de 10 años. Dando por sentado que parte del futuro de los fabricantes estará en este tipo de coches, nos invaden muchas dudas sobre su desarrollo final. ¿Por qué las petroleras poderosas y engreídas están tan calladas, cuando hacen lo que quieren y como quieren con los gobiernos? Muchos piensan que Iberdrola no debe de frotarse tan pronto las manos pensando lo que recaudará a base del enchufe energético, ya que en el mejor de los casos no llegará a un 10% del mercado en 2020. La moda marcada por el Gobierno a golpe de talonario -ayudas- atrae a todos los buitres que buscan beneficios rápidos. La lógica nos orienta a descongestionar las grandes ciudades con diferentes medidas y, por desgracia, todas costosas. Está claro que no podemos seguir llenando de gases nuestro hábitat, pero no soñemos que aún queda camino.