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Despedir a un amigo

 

DANIEL PLA Quién es capaz de pronunciar, por más que esté habituado a hacerlo por ser cura parlanchín, unas palabras coherentes después de acompañar el cuerpo ya sin vida de un amigo al que ha visto consumirse poco a poco? Lo que corresponde, entonces, es desearle que descanse en paz. Y después callar, haciendo de su silencio una plegaria.
El amigo Josep-Vicent necesitaba que llegase ese momento: la lucha por sobrevivir y hacer cosas, después de «tantes batalles i baralles», no tenía más final que la «partida a lo desconocido»: sería su más ansiado triunfo. Y, aunque nadie me ha dado vela en este entierro, quiero agradecer a los numerosos amigos que nos-se han acompañado en la despedida. Por más que los últimos tiempos no he estado muy cercano, y a pie de cama como otras veces, también me atrevo a dar las gracias a quienes le han prestado un cuidado esencial de su acentuada precariedad. Ellos saben muy bien -y podrían contarlo- el alcance y dimensión de su sufrimiento físico y psíquico. En nombre de mi amistad con el amigo muerto, ¡gracias!
Gracias por vuestra amistosa generosidad, especialmente valiosa porque ya no cabía esperar de él ninguna gratificación, pues nada tenía. Lo más noble y cristiano es dar a cambio de nada: mirando sólo la necesidad del hermano derribado y medio muerto a manos de la muerte enemiga. También querría darle gracias a él -esté donde esté- por lo que ha supuesto para muchos de nosotros (para mí, especialmente a raíz de su enfermedad); y dar también la enhorabuena a todos los suyos por haber compartido el disfrute de su amistad y cercanía tantos años y en tantas causas.
Claro que una amistad con un trotamundos como Josep-Vicent siempre resulta enriquecedora al mismo tiempo que desconcertante. Resultaba sorprendente la narración de sus batallitas, sobre todo a su vuelta de Madrid y Barcelona. Y cuando buscaba bibliografía para un tema estrafalario en que andaba enfrascado porque nunca sabía decir que no. Nos ha dejado -quizá sería mejor decir que se nos ha adelantado- un amigo todavía joven, protagonista en mil fórums, derribado por el postrer enemigo-amigo del hombre: la muerte que, desde muchos años antes, le iba rondando por todos los caminos y calvarios de los hospitales haciéndose presente en una voz que apenas se dejaba entender. Y él sabía muy bien que su final estaba ya muy cerca.
Que se me permitan dos palabras de recuerdo y de plegaria d´amic capellà, puesto que él jamás renegó de mi amistad, ni siquiera ridiculizó mi condición clerical, a pesar de todo lo que decía y escribía. Las hemerotecas y las video-fonotecas ofrecen abundantes datos. Estoy convencido de que quienes en aquella tarde lluviosa fuimos a despedirle podríamos aportar muchas anécdotas, frases, mensajes y chistes que nos lo harían presente con su finura intelectual en medio de palabras gruesas, la gran sensibilización social y sus inmensas ganas de sorprender: con su acentuada y personal tendencia a llegar a excesos y su capacidad para hechizar.
Evidentemente, son sus familiares directos y amigos de toda la vida quienes, más que nadie, hemos disfrutado de su cercanía. Y por eso podemos decir: Gracies! y Adeu, fins prest! Por eso ahora, más que lamentar su pérdida, me atrevería a invitar a todos los que le trataron que agradezcan las mil ocasiones y aventuras de las que con él disfrutaron. Unos más que otros y de diferente manera: universidad, batallitas políticas, denuncias y manifestaciones, manifiestos y programas de radio, y fiestas: mucha fiesta que, según me decía hace años, es una de las actividades que más dignifican al hombre. Pero, respetando todo eso que pertenece a la intimidad de su círculo familiar y amistoso, yo querría referirme a una experiencia que, de seguro, quienes nos reunimos para despedirle y, de algún modo llorarle, hemos compartido: el regalo de su amistad sin fisuras, sin forzar nunca para que nadie se sintiera inferior, le diera la razón o se sintiera deudor o acomplejado por los servicios prestados.
¡Cuántas intervenciones gratuitas en colegios mayores y colectivos, en trobades i aplecs, que trataban de aclarar las ideas y reivindicar derechos! Era como una versión laica de aquella recomendación que hacía Jesús a sus sorprendidos amigos de «que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha» (Mt 6, 3). Una forma de actuar que para Josep-Vicent, es verdad, resultaba laica, pero que, por encima de todo, era también sincera y humanizadora, y en la que, por coherencia, optó vivir a pesar de -o a causa de- el testimonio de sus amigos cristianos que también los tuvo. Y hasta curas y obispos. No sabría aún hoy interpretar en todo su alcance la constante relación que mantenía con algunos de nosotros.
De todos modos: ¡gracias, Josep-Vicent, por habernos acogido a todos, creyentes o no, alumnos o lectores, o simplemente ciudadanos con ese tipo de amistad, tan poco frecuente en nuestro mundo! Estoy convencido de que la mayoría de nosotros hemos comenzado a sentir el vacío que nos deja con su muerte y que él entendía como un simple final «aunque nunca se sabe», añadía en una de mis visitas en el Hospital del Mar. ¡Cuánto hemos discutido, con ironía y respeto, de nuestras diferentes formas de ver la vida y la muerte! Y envidiaba a quienes tenían la seguridad de conocer el desarrollo completo de la película. Él se quedaba en el límite.
Amigos y familiares, especialmente Celieta y Jaume: la vida sigue, y entiendo que la mejor manera de llenar el vacío que nos deja es tratar de que lo mejor de su característico y personal estilo de vida pueda pervivir en nosotros: sus batallas políticas puras; científicas o pedagógicas profesionales; su empeño por el triunfo de la tolerancia y el entendimiento y sus espontáneos esfuerzos por guardar la fidelidad a los amigos -con todas las contradicciones que queramos subrayar- ofrecen un amplio campo para todos nosotros si queremos mejorar este mundo.
Pero, como ya estoy entrando en terminología y mensajes de cura, termino invitando a todos para que pensemos que, desde donde descanse, seguro que nos estará observando con su mirada burlona y a la vez amiga. ¡Gracias, Josep-Vicent! Moltes gràcies, i que Deu l´hagi perdonat!
*Sacerdote.

  HEMEROTECA

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