Negro rico, negro pobre

 

FRANCISCO MORA Para los afroamericanos, Barack Obama ha hecho realidad el sueño de Martin Luther King. El 4 de noviembre fue saludado por los eufóricos e ingenuos de todo el occidente democrático como la fecha en que comenzó a cambiar el mundo. Casi nada. Como si la historia de la humanidad viniera de ayer y no tuviéramos muestras fehacientes de que en lo único que ha cambiado el gran mono, desde que se irguió sobre sus rodillas y comenzó a caminar sacando pecho, es en que entonces iba desnudo y ahora va vestido. Porque eso que llamamos progreso y no es más que la exaltación de lo hedonista y material, sólo le ha servido al mono erectus para pasar de masacrar a sus congéneres a pedradas, a hacerlo más tarde con lanzas y flechas y ahora con pistolas, pólvora, dinamita, bombas y misiles. Pero sobre todo con el aplastante poder del dinero, que ése sí que acoquina y esclaviza sin posibilidad de redención, por mucho derecho al pataleo que nos arroguemos. La cuestión se reduce a negro pobre o negro rico y blanco pobre o blanco rico. Por encima de colores, credos e ideas políticas, lo que realmente iguala a los seres humanos es la pobreza.
Pero en fin, Luther King tuvo un sueño y a ver quién convence a los descendientes de los esclavos secuestrados en África de que Obama no significa para ellos la hora de la igualdad. Que el negro descafeinado, que durante la campaña ha revelado tics más conservadores que su oponente, no les traerá el respeto que merecen de sus ancestrales esclavizadores. Quizá deberían administrar su alegría con más cautela, puesto que ahora los algodonales son otros. Dentro de poco, incluso con Obama en el poder, quizás se tengan que persuadir de que si los tratan como ciudadanos de segunda no es por ser negros, sino por ser pobres. Como a los desahuciados de la fortuna de todo el mundo. Tarde o temprano comprobarán que han cambiado el color del inquilino de la Casa Blanca, pero que el del dinero sigue siendo el mismo. Que ése es su auténtico problema. Aunque ya es sabido que sarna con gusto no pica.
El que a partir del 20 de enero será presidente de EE UU ha contado para su campaña electoral con muchos más medios que el republicano McCain. El capital se ha volcado con el candidato demócrata y algo esperará a cambio. No en vano sus abuelos maternos -anglos blancos como la leche- eran banqueros y le costearon una educación de la mejor calidad, que le permitía darse cuenta de que era diferente a sus compañeros de colegio -todos niños de papá rico- sólo cuando se miraba al espejo. Poco tuvo que ver la infancia de Obama con la de la mayoría de los niños negros de Harlem y el Bronx, o de los pueblos del Estado de Virginia y de los ribereños del Misisipí.
Los Kennedy, John y Robert, llegaron a la Casa Blanca el primero y a la Fiscalía General el segundo con el respaldo económico de la mafia, ellos sabrían a cambio de qué promesas. Pero cuando se instalaron en el poder, y en vez de beneficiar a sus valedores se dedicaron a perseguirlos, como era su obligación, ambos fueron asesinados a tiros con una escasa diferencia de tiempo. En los dos casos la investigación se cerró con grandes lagunas, ambigüedades e imprecisiones. Una vez más quedó patente que sin el nihil obstat de la mafia del dinero es muy difícil llegar a la presidencia USA y que, una vez en el poder, el que no cumple su parte en el pacto suele pagar un precio demasiado alto. ¿Acaso creen los negros, los chicanos y demás minorías étnicas estadounidenses que Obama se arriesgará a perder el favor de sus padrinos para redimirlos a ellos? No es probable. Bastante tendrá con tratar de hacerse perdonar por los ultraconservadores no haber nacido rubio y pecoso.
Los que en su país esperan que Obama se convierta en un trasunto de Malcon X y Luther King y proclame el black power, y quienes en Europa creen, como los socialistas españoles, que en Estados Unidos han ganado los suyos, pueden sufrir una gran decepción. Porque es muy posible que el nuevo presidente actúe frente a los problemas nacionales, y sobre todo los internacionales, co-mo lo haría cualquier anglosajón del Partido Republicano. ¿Qué diferencias sustanciales hubo entre la política exterior de Richard Nixon y Ronald Reagan y la de Jimmy Carter y Bill Clinton, y la de todos ellos con la de George Bush? Pronto comenzará Obama a apelar al espíritu del Mayflowers y al orgullo americano. Al tiempo?


El puyazo: los nuevos sátrapas

Pese a la zozobra que ha originado la crisis, no por largamente negada menos evidente, algunos políticos continúan propiciando con sus comportamientos que nuestra capacidad de asombro no conozca límites. Los burgos podridos, en que ha devenido la mayor parte del vivero de ambiciones que llamamos autono­mías, siguen rizando el rizo del despropósito. Se han convertido en auténticas satrapías, en las que cada reyezuelo hace lo que le viene en gana con el erario público. Poco importa que de vez en cuando emerja una operación Malaya, con el consiguiente escándalo. A los mangurrinos continúa sin importarles enseñar el antifonario, y nosotros ni nos irritamos ya por sus granujerías. Nos hemos habituado a la avaricia y al apego a la vida muelle que los caracteriza, sean de uno u otro color político. Nos piden austeridad mientras se suben los sueldos, hasta proporciones más cerca del botín que de la remuneración. Se compran con nuestros impuestos coches de lujo, propios de los magnates del capitalismo más rabioso, del que son contrarios doctrinalmente, y se marcan viajes dignos de un Marco Polo moderno. Ellos evidencian que, además de en una grave crisis económica, estamos sumergidos en un fangal de cinismo.

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  Viñetas de Raúl Salazar

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