Churras y merinas

 

CARMEN AMORAGA No hay peor censura que la que nos imponemos a nosotros mismos. Lo sé por experiencia. Hay temas sobre los que no escribo porque no me interesan, pero hay otros que ignoro porque me dan miedo. Una ya no es lo que era ni como persona ni como columnista. Antes, casi todo me importaba un pito. No es por dármelas de valiente, pero una vez perdí un trabajo por negarme a dejar de publicar artículos críticos con un partido político que, casualmente, era el que gobernaba el ayuntamiento que me pagaba por el curro mejor pagado que he tenido en la vida. Pero yo, erre que erre, venga a publicar columnas en contra de la guerra, en contra de los políticos corruptos, o en contra de las mentiras y las manipulaciones. De ahí, al paro.
Ahora ya no soy así. Y no es por el dinero, ojo, es por los disgustos, porque yo enseguida me vengo abajo y pienso si vale la pena hacer lo que hago, decir lo que digo, arriesgarme a que me pase lo que le pasa a una de las protagonistas de un relato de Margaret Atwood. A este personaje, una poeta que da charlas donde sea para ganar algo de dinero, le aterra el momento del debate con el público porque teme que alguien le pregunte si de verdad tiene la menor idea de lo que está hablando. Pues eso. Que me autocensuro para no sufrir. Y para no sufrir hace mucho que no escribo nada sobre la Iglesia, no sea que alguien me malinterprete y vuelvan a amenazar con pedir que me excomulguen, porque por lo que se ve, las excomuniones ahora están de moda. Así que, antes de continuar quiero aclarar que: yo soy una católica feliz. No tan feliz como esos católicos que han participado en ese estudio que ha demostrado científicamente (sí, científicamente porque religión y ciencia no siempre están reñidas, que lo sepan) que los creyentes son mucho más felices que los no creen porque se conforman con el mundo que les ha tocado vivir, porque no se hacen preguntas y porque si se las hacen, encuentran rápidamente la respuesta: ha pasado esto porque era lo mejor que podía pasar.
Así son las cosas. Lo mejor que le ha podido pasar a esa niña brasileña de nueve años que ha abortado los gemelos que gestaba desde hacía cuatro meses porque su padrastro la violaba, es que la hayan excomulgado, lo mismo que a su madre y a los médicos que le han practicado el aborto. Y si su padrastro sigue siendo católico porque a él no le han mandado fuera, también es lo mejor. Y lo mejor que les puede pasar a los cigotos y embriones que ni siquiera son fetos es que les comparen con los linces ibéricos para pedir su salvación, aunque su familia no tenga donde caerse muerta, aunque sus madres sean adolescentes que no se imaginan lo que es la maternidad, aunque sus padres sean como ese animal de Málaga que dejó a su hija de tres años encerrada en un coche para irse de putas. Pero los embarazos hay que llevarlos adelante, sea cual sea la situación personal de la madre, de los padres, y sea cual sea el futuro que se le va a ofrecer a ese puñado de células que se forman en el vientre. Da igual que sea un futuro miserable en todos los sentidos (sin medios para salir adelante, sin amor de sus padres, sin hogar, sin calidad de vida?). Y conste que yo también creo en Dios. Cada vez más. Lo que pasa es que el Dios en el que yo creo no mezclaría las churras con las merinas de esta manera tan enrevesada.
Hace poco, estuve con una escritora muy famosa y profundamente religiosa que me estuvo hablando justamente de esto, de la tranquilidad que da saber que un ser superior (Dios) tomaba todas las decisiones con un motivo. Para no alargarme, sólo reproduciré parte de la conversación. Pregunta: ¿Qué motivo puede haber para que muera un bebé? Respuesta: Puede que con el tiempo se hubiera convertido en un asesino. No hace falta decir mucho más para darse cuenta de por qué los que creen son más felices que los que no. Y yo, por la felicidad, hago lo que sea. Hasta callarme, o, al menos, lo intento.

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