PEDRO MUELAS
Con el fin de las fiestas de Fallas y de la Magdalena se desvanece la cortina de humo que disimulaba los efectos de la recesión. Tras la ilusión de la llegada de la primera, con la quema de los malos rollos o la iluminación de nuevos proyectos, ahora queda vagando el fantasma del sueño del hostelero -¡ojalá hubiera fiestas 30 días seguidos!-, del frío escaparate ignorado por los viandantes, el zumbido intenso de la máquina baldeadora que pone banda sonora aturdidora a la inquietud que va de comercio en comercio, de empresa en empresa y de hogar en hogar con el qué pasará.
Las brasas, la oscuridad son el acopio final de ese espejismo en el que hemos vivido hasta ahora. Desde que Juan Roig dijo que nos habíamos pasado muchos pueblos, que nos creíamos ricos para siempre y que había que trabajar más y mejor y ahorrar en gastos, muchos otros grandes empresarios se han sumado a ese mensaje, pero a las administraciones este cantar parece que les suene a una música con la que no tengan que bailar. Tras los festejos y el bombazo de la trama de Correa y compañía y sus feas salpicaduras aquí, deberían ponerse a la faena las instituciones públicas y dejar de mirar para otro lado. Deben ahorrar y deben pagar lo que deben a las empresas.
No había más que ir a los alrededores de la plaza de los toros de la calle Xàtiva en Valencia para ver cómo aún no les sonroja a los responsables políticos acudir con un coche oficial. Y esto es sólo un ejemplo de la inconsciencia con la que están viviendo en los despachos oficiales la recesión económica. Llega a ser repulsivo, por estomagante, ver que aún, con lo que está cayendo, tienen la desfachatez de presentarse sobre cuatro ruedas, teniendo que sortear, gracias a sus privilegios, las barreras de policías por las que los ciudadanos no pueden pasar, para llegar, hasta el mismísimo anillo exterior del ruedo para bajarse con su traje, que le abran la puerta y andar diez pasos, eso sí, para entrar en el coso. No está muy lejos el tiempo en que todo eso era más normal y menos pretencioso. Parece que la crisis no vaya con la Administración pública. No hemos visto ningún plan de ahorro, ningún plan para esta economía de guerra de la que también nos advertía Roig. Todo sigue igual. Dispendios. Y eso, en una empresa que no quiebra nunca y con unos empleados a los que nunca les afectan recortes algunos, ni inquietud laboral alguna. ¿Dónde están los planes de ahorro de conselleries, ayuntamientos, concejalías, diputaciones provinciales? Ni uno. ¿Por qué no mandan, por ejemplo, a sus puestos de trabajo antiguos a aquellos asesores que engrosan y encarecen el presupuesto de todos y no hacen el huevo por la cosa pública, que los hay? Es poca cosa, desde luego, pero una posibilidad. Deberían buscar con imaginación fórmulas de ahorro, que permitan incluso construir, hacer cosas útiles con menos gasto.
PAGA LO QUE DEBES El Gobierno y la Generalitat Valenciana han decidido poner en marcha planes extraordinarios de inversión que han sido recibidos bien por todos. De momento, ya estamos viendo que el Plan Empleo de Zapatero está yendo a parar, en la mayoría de los casos, a exóticos proyectos y obras menores que sólo se entienden en tiempos de bonanza, de gran bienestar social. Pero no es el caso. Costó que los empresarios valencianos empezaran a decir que, casi mejor, les paguen lo que les deben. Eso, desde luego, tiene menos titulares en la prensa, pero es mucho más eficaz inyectar en la vena empresarial dinero para pagar esa deuda acumulada que está llevando al cierre a centenares de pequeñas y grandes empresas de proveedores, suministradores, subcontratas, ahogadas por los impagos del gran amo. El efecto es mortal. Es el que está empapando de paro toda la sociedad. Pero no se hace nada
Todas las miradas iracundas están puestas en los bancos y cajas de ahorro porque no dan créditos, pero pocos exigen lo que es suyo y lo que les deben? sólo por miedo a que no vuelvan las contratas. Otra ilusión vana.