FERNANDO DELGADO
Tal vez, a José Luis Rodríguez Zapatero no le crea nadie ya, como aseguró Mariano Rajoy en el Congreso el miércoles pasado, pero lo peor para la democracia es que a Rajoy tampoco le cree nadie. De modo que ahora que asoma la intención de la moción de censura o se habla de elecciones anticipadas, lo que cabe preguntarse es para qué. Y es posible que se tenga más claro por qué merecería Zapatero ser sustituido que por qué Rajoy se haría digno de la presidencia del Gobierno. Algunos tal vez hayan visto que no hay correspondencia entre el proyecto del Gobierno y sus realizaciones, o que hay una relación limitada, pero lo que es más difícil ver es el proyecto alternativo. La catástrofe económica no admite juegos retóricos ni metáforas de la niña, sino un manual de respuestas concretas a problemas concretos. Y curiosamente no es ahí donde la ideología, tan denostada en los últimos tiempos, se convierte en lo de menos, sino donde quedan claras las diferencias entre un gobierno de izquierdas o derechas. Por ejemplo: el Gobierno ha reiterado la prioridad de sus políticas sociales, otra cosa es lo que consiga, pero el PP no ha aclarado aún en qué consistirían sus reformas laborales. Todos quieren acabar con la crisis, y aparentemente con la crisis de todos, pero es evidente que unos dan preferencia a la crisis de los que tienen más, y otros, también a la de los que tienen más, por supuesto, y un poco a la de los que menos tienen. Tal vez serían buenas unas elecciones anticipadas para saber quién es quién en esta hora, por si cupiera alguna duda. Lo malo es que nos encontrarán cansados y sin confianza. A la izquierda, melindre, desolada y tristona, y a la derecha, como siempre, a por todas y a cualquier precio.
y aparte. A los periódicos más alineados contra el Gobierno, con una súbita admiración por Paul Krugman, parece interesarles más los pronósticos del Nobel en aquello que contradiga las previsiones de Zapatero y no en lo que puedan coincidir. Es evidente que el objetivo de declarar la incompetencia del Gobierno para proceder a su sustitución prima sobre el interés por la solución de la crisis o por su alivio. Esa lucha es tan descarada y explícita que no engaña a nadie, pero lo que sí consigue es instaurar una especie de resignada constatación de que todo da igual. La gente asiste ya a los enfrentamientos entre el presidente del Gobierno y el jefe del partido mayoritario como si se supieran el guión. Abre los periódicos, si los abre, y conoce de antemano sus editoriales. Una ola de corrupción se instala en el PP y en lugar de reflexionar sobre sus amistades intenta meter en la cárcel o en el manicomio a un sastre o inhabilitar a un juez. Después, a esperar a que las urnas los premie para sentirse absueltos. Con jueces en huelga, a los que el Gobierno mima ahora, y obispos en la calle, a los que Zapatero retribuye mejor, el viejo país cambia el uniforme, pero vuelve permanente a su pasado. Por eso, la policía pide en Madrid más sueldo armando el alboroto y saca en Barcelona la porra del franquismo para masacrar a la gente sin contemplaciones. Mientras, Obama, el único indicio de sensatez en el panorama global, le parece a Krugman demasiado prudente, muy cauto, poco audaz. Zapatero, que dicen que está solo, presumía antes de atrevido, ahora es un timorato. Y de la Divina Providencia poco se puede esperar porque cuida más del lince que de nosotros.