Entre linces y gorilas

 

CIPRIANO TORRES Hay que quitarse el sombrero, o las bragas, o ponerse el alzacuello de plástico blanco, y reconocer que Mercedes Milá, a pesar de su deriva por los derroteros de una televisión tediosa y absurda, como lideresa del corral de los grandes hermanos, foco de infección masiva y fábrica de mentecatos que pasan del supermercado a tener representante para ir de bolos por discotecas donde predican con el ejemplo que se puede pasar de la burricie anónima a la burricie remunerada, ejerce su sentido de la libertad como pocas, incluido su derecho a presentar la mamarrachada que ella cree compensar con Diario de, que esta semana cumplía cinco primaveras. Para celebrarlo, Ana Rosa Quintana la invitó la otra mañana. Ay, hija, qué atrevida eres, le dijo AR. ¿Por la minifalda?, contestó moviendo la melena La Merche, no me hables de la ropa, que ya está mi madre para decirme que no tengo edad para estas cosas, pero qué quieres que te diga, mi trabajo me cuesta a los 58 años estar como estoy, eso y ya sabes lo que te dije una vez, que no hay nada mejor para el cutis que ñaca ñaca la cigala, tú me entiendes, Ana Rosa, por cierto, se ve que tú también estás bien servida. La cosa iba subiendo de tono, y como el programa de los cinco años trataría la sanidad pública, y arremetería contra el lenguaje farragoso del que echan mano algunas administraciones, por ejemplo la de Esperanza Aguirre, tratando de enmascarar la realidad, es decir, las listas de espera, sacaron el alentador caso de los avances científicos llevados a cabo en el Virgen de Rocío de Sevilla, donde el bebé Javier Mariscal nació de un programa genético diseñado para salvar de una anemia sin cura a su hermano Andrés.
A ver, Ana Rosa, ¿qué piensa de esto la iglesia católica? Hasta ahí podríamos llegar, me da igual lo que piense la iglesia católica, lo que digan estos señores no me afecta lo más mínimo, le contestó. De hecho, un poco más tarde, sentó en el plató a Soledad Puertas, la madre de los críos, y a los críos. Fueron unos momentos emocionantes en los que la madre narró las vicisitudes, su lucha por salvar la vida de su hijo y el amor con que vino al mundo su salvador. Eh, eh, ahora sí, con la contradictoria iglesia han topado. ¿Qué dicen los del lince? Pues que fatal, que aquí no salva ni Dios si no es Dios, aúllan ante el micrófono. Por un lado, para escándalo de quien no conozca las maneras de ese club, se opone a que sea la ciencia quien salve la vida de un crío sentenciado a muerte, y por otro saca a su vocero agitando cartelitos en la mano con la foto de dos bebés, el de un felino y el de un niño con la perversa idea de propagar la insidia de la muerte de los inocentes de las mujeres que abortan, por supuesto a nenes con pelos en los huevos. Me niego a tomar en serio la cutre solemnidad de José Antonio Martínez Camino, ese estratega indecente que sacan en los telediarios cada vez que tiene una ocurrencia, pagada su delirante desfachatez con mi dinero. Y en éstas, no se sabe si para salvar al lince, a los hombres, o a los orangutanes, se descuelga Joseph Ratzinger, el jefe de la banda, un peligro público, aconsejando a los africanos, que mueren como chinches de sida, que el preservativo no es la solución, que lo mejor es abstenerse y rezar. La madre que lo parió. Con esa sonrisita. ¿A qué espera la Corte Penal Internacional?
También ha ido a África, según cuentan en las mesas sociales los cotillas sin fronteras, Carmen Martínez Bordiú. Nada menos que a Ruanda. Pero no a salvar negritos, como el peligroso señor de las sotanas blancas, sino a los gorilas. Como una Jane Goodall de cartón piedra. Creo que es la primera vez que un gorila sale en la portada del ¡Hola! Francisco Franco se despachó a gusto. Y nos dio la posibilidad de la revancha social con una familia de vodevil. Una nieta haciendo el capullo con sombrero de Barbie exploradora, y otro, Jaime Martínez Bordiú, condenado a un año de trullo por maltratar a su pareja. Si ves el mundo asomándote en exclusiva al ventanuco de la tele, o te tiras de los pelos o te retuerces de la risa. Unos defienden gorilas por contrato, que recuerdo a la señora recién llegada de Uganda decir a los reporteros que no había ido con su marido porque regresaba después de hacer un trabajo en África. Un trabajo. Es de locos. Otros defienden a los no nacidos, briznas de vida, pero desprecian la vida de un niño hecho y derecho cuya salvación estigmatizan oponiéndose a los avances de la ciencia. Se acabó. Hay que salvar al lince ibérico. Y a los gorilas. Y a Belén Esteban. ¿Lince o gorila? En la tesis doctoral que sobre ella se ha escrito no queda claro, pero de su arte deja constancia cada mañana en el corrillo de AR.
Lo de Ana Rosa es un sarao enorme. Te las dan por todas partes, y tienes que estar al loro porque pasan de los avances genéticos al retroceso evolutivo sin previo aviso. A ver, Chiqui, adelante. Y te haces la picha un lío. ¿Invitan al lince, al no nacido asesinado y servido en bandeja, al gorila? Es Almudena Martínez, recién llegada de Miami, a donde fue exhibida en un programa de televisión. ¿Te han ofrecido hacer porno?, quiere saber Alejandro Lecquio, lo digo porque las personas como tú, de estética particular, tienen mucho éxito. Huy, no, yo tengo más dignidad, responde la gran hermana, pero sí he renovado mi álbum de fotos a la espera de nuevos proyectos. ¿A la espera de nuevos proyectos? Impresionante. Al día siguiente, en La 2, en un nuevo Documentos TV de producción propia, un trabajo firmado por Luis Mora y Aldolfo Cañadas, se acercaron al mundo de los superdotados. No hablo de pollas. Hablo de inteligencia. Contaron el caso de Ena Coral, de 6 años, un cachorro humano que necesita clases aceleradas, es decir, a la altura de su coco. Y el de Jaime Carvajal, un brillante investigador que se piró de este país porque aquí no le hacían ni puto caso. Y salió el filósofo José Antonio Marina diciendo que las naciones que se gastan mucho dinero en contratar futbolistas, cámbiese futbolista por lo que convenga, y poco en formar científicos, son estúpidas. Es decir, manipulables. Ideales para no distinguir un lince o un gorila de un gilipollas.

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