ALFONS CERVERA
Se viven estos días tiempos de extrañeza. La cabeza es una amalgama de moral mal barruntada, un lío de conceptos, la tela espesa que oculta un paisaje donde se mezclan impunemente y se confunden la razón y la barbarie. La corrupción política es un valor en alza si hacemos caso a lo que vemos: reciben en muchos sitios el apoyo de las urnas. Por eso, a lo mejor, el corrupto se acoraza frente a las evidencias que lo desnudan a los ojos de la calle y arremete contra quienes esgrimen con todo lujo de detalles aquellas evidencias. Se rodea de los suyos y amurallan todos juntos los indicios en su contra. Urden las estrategias de una defensa que, como en el fútbol, siempre ha sido la mejor arma para el ataque contra la portería contraria. Y finalmente, lanzan al aire que respiran aquella exclamación de Paul Celan: «¡Blasfemáis!». Eso nos dicen a todos los demás. Que no contamos más que mentiras para minar la condición sagrada de su poder intocable. Que a nosotros nos mueve la envidia de sus triunfos y a ellos una incontestable vocación de servicio a la ciudadanía.
En estos días de escándalos políticos protagonizados por el PP valenciano y la figura de Francisco Camps, querría resaltar dos cosas. Una: el muro levantado entre el público y el protagonista de la función en la forma de adhesiones inquebrantables. Aparte del arropamiento de los miembros del Consell y de los actos de aclamación y desagravio montados en algunos pueblos, destaca el del otro día celebrado en Feria Valencia. Con la excusa de un encuentro entre Camps y el mundo empresarial, sacó pecho el presidente de la Feria, Alberto Catalá, y soltó lleno de orgullo: «Presidente, te necesitamos más que nunca. Y quienes en estos tiempos quieren ofenderte, nos ofenden a todos los valencianos, y los que te quieren dañar, nos hacen daño a todos los valencianos». Y se quedó tan pancho, el hombre. Otra vez el patrioterismo. Otra vez el hinchado plural del homenaje. Todos somos Camps. Todos recibimos a los sospechosos de corrupción con vítores y aplausos. Todos somos del PP y por eso lloramos piadosamente las desdichas de nuestro jefe perseguido injustamente por algunos medios de comunicación. Y lo abrazamos en su soledad infinita mientras él lanza a los techos del duelo aquel lamento de Roque Dalton con aires de tragedia: «¡Ah, mi ayer destronado!».
La segunda cosa que me ocupa este domingo es que aquí todo el mundo habla de los trajes del presidente. Y con ser eso importante (y tanto que lo es) no es lo definitivo. Lo definitivo son los vergonzantes privilegios de contratación pública a las empresas privadas de Correa y el Bigotes. Lo definitivo es la cantidad enorme de millones de euros que han ido a parar a esas empresas. Lo definitivo es dónde están los cientos de miles de euros que esas empresas, a su vez, pagaron no se sabe si para la financiación ilegal del partido o para qué. Los trajes del presidente visten (o lo que es lo mismo: ocultan) el derroche económico y moral de un partido que vive a cuerpo de rey con sus eventos como única forma de ejercer el gobierno. La cabeza se nos llena de cifras, de nombres, de ese quintal largo de sospechas de corrupción que todos los días llena las páginas de bastantes periódicos, los diales de algunas radios y el cada vez menos cauteloso minutaje de los informativos de la televisión. Ese barullo habrá de ser aclarado por la justicia porque en este caso los hábitos tal vez no hagan sólo a un monje sino al monasterio entero. Y una aclaración al presidente de Feria Valencia. Todos no somos Camps. Que lo sepan él y los que se rompían las manos aplaudiendo en su honor el otro día. Que lo sepan los de los aplausos. Que lo sepan.