CAMILO JOSÉ CELA CONDE
La historia de los avatares políticos y de las miserias institucionales de esta época podría pautarse mediante los recursos semánticos que los próceres logran arrimar, como sardina más conveniente, a las ascuas cercanas. A veces da la impresión de que los problemas siguen siéndolo, y hasta parecen insalvables, hasta que a alguien se le ocurre la frase mágica, el palabro, la denominación que sirve no tanto para nombrar los recursos necesarios como la manera de disimular el disparate. Se recordará que, en uno de los muchos episodios agitados de nuestro Estado de las autonomías, cuando Cataluña decidió reformar su estatuto echando un órdago al reino y a su carta magna, el presidente Rodríguez Zapatero dijo que tenía cuatro o cinco formas de resolver el conflicto. En realidad lo que tenía era media docena de nombres para disfrazar las pretensiones soberanistas del parlamento catalán, sustituyendo el término nación por algún otro equivalente algo más descafeinado.
Hay más ejemplos. Dispuesto a poner un orden en el mundo -orden que no estaba, desde luego, a su alcance-, el presidente Bush decidió, tras su gira de invasiones en busca de venganza, encerrar a los supuestos terroristas que iba encontrando en un calabozo digno de las mazmorras medievales. Como esa iniciativa era contraria a todos los tratados internacionales, a las leyes del país mismo del presidente del mal recuerdo y hasta a la carta de los derechos humanos, lo que hizo George Bush fue inventarse un palabro. Los presos serían combatientes enemigos, ya que la fórmula inicial de ciertos ciudadanos extranjeros era tan ambigua que podía incluir tanto al portero de noche de la Comedie Française como al Santo Pontífice.
Los combatientes enemigos fueron sepultados en vida en Guantánamo con nulo desprecio de cualquier garantía y una justificación digna de los principios éticos aquellos que defendía el personaje Trasímaco en los diálogos de Platón. Esto es, que el vencedor de las guerras puede hacer lo que le venga en gana. Cuesta trabajo creer que el payaso Bush venciera alguna vez contienda alguna -comenzando por las elecciones que le situaron en el despacho oval de la Casa Blanca- pero él se lo imaginaba y nadie supo pararle los pies a tiempo. Ahora su sucesor pone parches a una de las historias más sórdidas de nuestro tiempo asumiendo que las cárceles de Guantánamo son contrarias a todo derecho, que los terroristas han de ser juzgados de acuerdo con las leyes internacionales y que a nadie se le puede condenar sin un juicio llevado a cabo con las garantías necesarias.
Para ello, lo primero que ha hecho el presidente Barak Obama es desterrar el palabro. Ya no habrá combatientes enemigos y, si los hay, será sin esas comillas que convertían la expresión en patente de corso. En espera, claro es, de que al siguiente prócer se le ocurra otra denominación, a guisa de varita mágica, para dar paso al próximo atropello.