ANTONIO VERGARA
La actualidad política nacional nos obliga a rendirle un homenaje a los sastres auténticos y, en concreto, como valencianos que somos, a nuestro Gremio de Sastres, cuya antigüedad se remonta al siglo XIII.
Efectivamente. El áspero debate que atribula a todos los españoles -sin distinción de clases sociales ni ideologías-, acerca de si don Francisco Camps, presidente de la Generalitat Valenciana, pagó, no pagó, dejó de pagar o le regalaron, presuntamente, unos trajes a medida y algunos complementos, nos ha retrotraído a Moltalbá y Cervera.
Alguien se preguntará quiénes fueron estos señores. Dos sastres, socios, cuyo negocio, donde enseñaban las telas y tomaban las medidas oportunas, estaba en la calle En Llop, de Valencia.
Durante años (finales de los 50 y los 60, del siglo XX), estos amables y profesionales sastres nos confeccionaron algún traje y, sobre todo, americanas, a medida. Eran amigos de nuestro padre. Gente de orden, liberales, escépticos, tolerantes y apolíticos de derecha, una ideología que no perjudica a nadie.
El rito de elegir una tela, que nos tomaran las primeras medidas y después probarse los borradores, por así decirlo, era emocionante y, siendo niños, divertido. A la segunda visita, Montalbá, o Cervera, nos ponían la americana, pespunteada con finos hilos. De pronto, una vez analizado el asunto, arrancaban, de cuajo, una de las mangas. La impresión inmediata es que la habían roto en un acceso de locura.
Pero no. La acción formaba parte de la técnica de la sastrería. No podemos asegurarlo, pero no sería improbable que aquellos soberbios profesionales siguieran las enseñanzas del alemán Miguel Muler, autor de un libro clásico en el género, Arte del Corte de la Sastrería para Caballeros (1926), o, más o menos, Deustche Beclei Dungs Akamedie. Fue un profundo manual muy estudiado en España.
Montalbá y Cervera, y quienes continúan con esta artesanía de otro tiempo, como nuestro célebre sastre-confesor valenciano, Antonio Puebla (sui judici testimonium dare), son magos que ejecutan trucos con la almohadilla, la cinta métrica, los dedales, la tiza -tan colegial-, el alfiletero, las guatas o el hilo de los pespuntes.
Aquellas telas perduraban años, muchos. Las americanas y los trajes morían de muerte natural. Llegaban a aburrir, pero los tiempos no facilitaban renovar la ropa. Los trajes eran casi como una mortaja juvenil. Realmente, hubo quien se compró un traje, y cuando llegó por su propio pie al ataúd todavía lo llevaba puesto.
Los sastres era una institución popular. No vayamos a creer que su clientela sólo la componían los ricos. En muchos pueblos pequeños y alejados de las ciudades, no faltaba el sastre, un personaje del stablishement, con el cura, el sargento del puesto de Guardia Civil, el boticario, el alcalde, el médico y el secretario del ayuntamiento.
En el medio rural, el sastre, a cambio de que le pagaran la pensión, la manutención y le dieran un pequeño emolumento, permanecía en el pueblo, o en una masía, hasta que terminaba su trabajo.
Un profesional entrañable, el sastre genuino, no el trapisondista y bocazas. ¿Y las modistas y las costureras de antaño? Mujeres admirables. Artistas de la aguja, el hilo y todo lo demás. Dudo que nadie haya visto jamás a un sastre, una modista o una costurera en situación de estrés. Es un trabajo que produce calma, permite pensar mientras se analiza lo de la sisa y ayuda a la comprensión más íntima del ser humano.