Cuando a la razón se le piden explicaciones sobre el delirio de la realidad hay quien inicia un viaje alucinante que hace el trayecto inverso, del mundo de los espíritus al mundo de lo tangible. Pero para que ese vehículo interior eche a andar por geografías intangibles hace falta el combustible que ponga al viajero en disposición. O mezcla de alucinógenos vegetales que te llevan al éxtasis o bailes monocordes en los que se gira y gira con una mano mirando al cielo y otra a la tierra, una conexión que une lo material con lo espiritual mediante el trance giróvago. En los cinco continentes se pretende lo mismo aunque se haga de diferentes formas, unas de apariencia terrible y sobrecogedora, otras más suaves, todas con la presencia de un guía, de un jefe de viaje, el brujo, el chamán. En Chamán, la medicina del alma, reportaje de La 2, se dijo que la brujería es el azote de África.
Creo que eso es verdad, pero no olvidemos que los brujos saben adaptarse al medio, y si el medio es más civilizado y no entendería que alguien muriera en la hoguera para aplacar la ira del dios, no se quema, pero hay otros métodos para mantener el control de la tribu. Estaba viendo el reportaje de José Manuel Novoa cuando La 2 interrumpió de golpe la emisión. En plano medio, vestido de negro, con colgaduras de plata en forma de enorme cruz, igual que otros chamanes se identifican colgándose al pescuezo plumas de ave o semillas tintadas, apareció el arzobispo de Barcelona, Lluis Martínez Sistach, hablando con una mezcla de reprimenda y jovial compadreo de carnes resucitadas y salvaciones de último momento de unos pecadores arrepentidos. Lo dejé. Llegué a otro ritual donde Nuria Bérmúdez habló con rigor científico del rabo de Dani Güiza. Otra bruja.