Hablar del tiempo, como dos desconocidos en el ascensor o dos británicos en cualquier circunstancia, es cosa de tontos, síntoma de incomodidad moral, de apretura espacial o emocional, de escasas habilidades sociales o de triste adicción a la rutina: hablemos, pues, del tiempo. Es lo que hacen los informativos de la televisión, cada vez más: dicen que genera audiencia y desde luego, evita que se tenga que hablar de otros asuntos con responsabilidad humana.
El tiempo es la mejor ilustración del cambio, de la incapacidad para permanecer; el último refugio, si le faltaran otros, de la matemática del caos, pese a lo cual les exigimos a los servicios de predicción que yerren en sus pronósticos de modo favorable a la industria turística. Han captado el mensaje y ahora minimizan el riesgo de lluvia y sólo lo subrayan cuando es inevitable. Sin embargo, la lluvia me parece más moral que el sol. Tenemos los pantanos casi al cuarenta por ciento (y a los furiosos profetas de la sequía de vacaciones) y junto a mi ventana palpita, pulido, el azul más benévolo que he podido leer en el cielo en mucho tiempo. Cielo de Pascua.
Cualquier tiempo es bueno para moverse. No recibimos la Tierra en calidad de señores, como dicen algunos cuentos bíblicos (muy elegantes), sino como piojos en la piel de un can, «como un perro sin hueso/ o un actor sin contrato». Así que he vuelto a ver la nieve en la Mancha, donde se licuó tan deprisa que un río de cristal enternecía hasta el betún de las carreteras. Compramos vino, magdalenas y suspiros. Y disfrutamos del verde parvo de los trigales, tan frescos como Shirley McLaine en Irma la dulce. Siempre volvió el sol y siempre lo hizo con pulso inseguro, pero los jóvenes olivos eran de plata titilante y estallaban las aliagas en cada pedregal. En los costados de las muelas, peladas y solemnes como una promesa de John Wayne, algunos pinos levantiscos se pegaban al terreno, alzados contra el yermo.
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