Extrañaba su silencio de los últimos meses cuando su partido ha sufrido las convulsiones del caso Correa. Tal vez la imagen del ahora preso por corrupción, paseando su palmito en la boda imperial de su hija Ana en El Escorial, y la implicación de íntimos amigos de su yerno en el lío, le han mantenido en un prudente silencio. Bien es verdad que él no habló, pero sí lo hizo su mujer, Ana Botella, exigiendo a Rajoy una defensa más encendida de la etapa del ex presidente. Una etapa en la que Correa se metió en el bolsillo a los dirigentes del PP y campaba a sus anchas en la sede de Génova, regalando coches y pisos con extraordinaria prodigalidad.
Sólo le ha hecho volver a la palestra su preocupación por los parados de este país. Con el tono impertinente y perdona vidas que acostumbra, propone abaratar el despido y modificar la legislación laboral. El que tuvo que enfrentarse a una huelga general cuando intentó llevar a cabo una reforma del mercado de trabajo en la que no se contemplaba modificar el despido.
La otra razón ha sido apoyar al candidato a las elecciones europeas Mayor Oreja. ¡Cuántas veces en estos años no habrá lamentado su equivocación el día que decidió elegir a Rajoy y no a Mayor como su sustituto! Aznar se ha sentido, desde que se perdieron las elecciones en 2004, mucho más cerca ideológica y personalmente de su ex ministro del Interior que del hombre que él mismo impuso a su partido para dirigir la nave.
Oreja ha radicalizado su discurso hacia posiciones bastante más a la derecha que la línea marcada por la actual ejecutiva y de ahí el almuerzo homenaje que Aznar organizó ayer para él con los compañeros de gabinete del primer gobierno de 1996. Todo hace pensar que el entusiasmo de Aznar por el cabeza de lista de las europeas le va a llevar a participar de forma activa en la campaña. Queda por ver si los votantes de centro, descontentos con la gestión de la crisis de Zapatero, están dispuestos a votar este regreso a lo más rancio del pasado.