La sustitución de la ciudadanía por consumidores caprichosos y sin criterio es cómoda, pero tiene sus inconvenientes: los políticos nos exigen poco y se exigen aún menos. El espectáculo de un parlamento francés diezmado por el escaqueo preventivo porque se iba a deliberar una ley de Sarkozy que trataba de reconocer los derechos de los autores víctimas de las descargas impunes en Internet, y el desacuerdo del grupo residual que votó dividido y rechazó la ley, es una muestra de la impotencia creciente de nuestros pequeños estados y, a esa escala, son pequeñas incluso Alemania y Francia. Cualquier cosa menos desairar a las asociaciones de internautas.
Tampoco ha sido muy fulgurante nuestra reacción a la piratería del Índico, por no hablar de los paraísos fiscales, no ya en el Caribe, sino en el propio territorio europeo. Y las democracias más viejas, empezando por la decana —Inglaterra—, llevan ya lustros de combate fracasado contra la agresividad rosa de los husmeadores de braguetas, esa pestilencia que infama cualquier vestigio que pueda quedar de algo parecido al periodismo. Vivimos en una Somalia de lujo: con seguridad social y subsidios.
Errores clamorosos como el canon digital, los pasados abusos de la industria discográfica o la posición monopolista de la SGAE no le da derecho a nadie a pensar que la patente intelectual es menos respetable que otras formas de propiedad, del mismo modo que da risa oír a alguien decir que la culpa de que no lea la tiene aquel profe que le recomendó auténticos ladrillos. También me subleva que los hijos y nietos del compositor de algún celebre pasodoble puedan seguir viviendo como reyes de la ocurrencia del viejo, pero qué quieren que les diga: ya puestos en retribuciones inmoderadas, a mí me han dado más satisfacciones Mick Jagger o John Lennon que don Emilio Botín o Isabel Preysler, aún reconociendo la importancia de la banca, los bombones y el gres cerámico.
[empica5@yahoo.es]