En realidad, la noticia no es que Lorin Maazel se quede en el Palau de les Arts, sino que rebaje sus emolumentos. Según la leyenda, el maestro mantiene un interés pecuniario comparable a sus exaltadas virtudes como director. Y no se trata de una maldad plúmbea. Maazel se embolsaba un millón largo —muy largo— de euros anuales, una cotización que no rebasa la de las estrellas del fútbol pero que circunvala la de los altos ejecutivos de las multinacionales. La diferencia es que el fútbol y las multinacionales pertenecen al ámbito privado y el maestro recolecta su carga dineraria directamente de la caja pública. Es la cultura subvencionada, que emerge de la tradición judeocristiana —o al menos contrasta con la moral calvinista anglosajona—, como un servicio público más. En esa esfera, la música está en lo más alto del escalafón crematístico, por encima del cine y del teatro. En el mercado, su hegemonía es total. El cine aún se asienta en la industria; la música de concierto responde a la oferta pública. Los directores de orquesta estelares y las divas —o divos— de la ópera se elevan, en la vieja Europa ilustrada, sobre salarios apoteósicos evacuados por las instituciones. Son los reyes del dinero. La sociedad aprueba ese orden, no sólo con normalidad rutinaria, sino con exquisita reverencia. Maazel ilumina esa constelación divina internacional y dice ser sensible con la situación económica, por eso ha aceptado una reducción considerable de sueldo en Valencia. Puestos a establecer analogías dinerarias, el último concierto protagonizado por un rockero inglés con dificultades armónicas y afinaciones pedigüeñas —regurgitado en las mismísimas proximidades del Palau de les Arts— costó a la Generalitat seiscientos mil euros. El resplandor del espectáculo fue fugaz: duró dos horas. Al menos, Maazel es Maazel y se enfrenta a diario a un enigma artístico, inconmensurable e iluminador de la más gloriosa fiesta del espíritu: la música. Cuidado con la música —la música, no los sucedáneos—, porque, aunque nadie se lo tomó en serio en su día, tal vez se cumpla la profecía de Steiner: será el arte indiscutible del futuro. Desbancando a las artes plásticas, consideradas las más representativas del Arte.