La mejor aportación a la buena visibilidad de las personas mayores en los medios de comunicación, que preocupa a los ancianos y a los expertos en las cosas de la edad, son para mí los ejemplos extraordinarios de mayores que no pretenden exhibir lozanías patéticas sino experiencias extraordinarias. Las hay muy sencillas, domésticas y cotidianas, y otras muy singulares. Uno de esos casos, bien que excepcional, es para mí el de Rita Levi-Montalcini, la italiana feminista, premio Nobel de Medicina, que acaba de cumplir cien años de vida, de lucha y de ejercicio de interés intelectual. Su entrega a la ciencia es aliada de un humanismo esplendoroso, de un pensamiento libre y sin etiquetas realmente prodigioso. Con motivo de su cumpleaños volvimos a ver en los periódicos a este ejemplo de vida que contradice lo que Paul Theroux, el gran escritor norteamericano que no ha llegado a los setenta, declaraba hace unos días: «Cuando envejeces te vuelves invisible.» Ni es el caso de Levi-Montalcini ni el de Chavela Vargas, 90 años recién cumplidos, y con cuya vitalidad no han podido ni los muchísimos litros de tequila que confiesa haberse bebido.
Dice Theroux que nadie se acerca al viejo, que nadie le habla, que nadie trata de venderle nada. Pero a él le gratifica al parecer que no le hagan mucho caso porque dice que es lo ideal para un escritor de viajes: «Te permite observar sin interferencias.» En eso quizá consiste la libertad del viejo, como recordé hace unos días a propósito de Carrillo, y si la vida se tiene por un viaje, se escriba o no, lo mejor es tener un paisaje despejado.
Y aparte. Contemplo ahora con satisfacción en los medios cómo ha cambiado la imagen de las abuelas —también la de los abuelos, pero menos— gracias a la lucha de la mujer por su emancipación, que es la raíz de casi todos los cambios sociales y, por supuesto, de la imagen rejuvenecida del mayor que hoy proyecta la televisión. Hablé de esto hace unas semanas en la Universidad de Alicante y escuché con atención a gente que sabe más que yo de viejos y de medios. Se trataba de hablar de las personas mayores en los medios de comunicación y eso significaba necesariamente hablar de mercado: se vende juventud y la juventud —objeto, imagen— se compra; el centro comercial es hoy el centro de nuestras vidas. Recordé La caverna, excelente novela de José Saramago, un antídoto contra el miedo, que escoge ese escenario y a un alfarero que desalojan del lugar en el que somos alguien, para describir a una nueva sociedad y a un nuevo individuo. La avaricia, como una forma de egoísmo, en la búsqueda por parte del viejo de una felicidad para la que no hay tiempo que perder, forma parte del estereotipo de la persona mayor que los medios con frecuencia extienden. Pero el recinto de esa felicidad se lo presentan en el centro comercial. Ni la falta de otro aire, que no sea el acondicionado, ni los efectos del neón, ni las ausencias de bancos de paseo, como exigiría la nueva plaza pública, logran disuadir en la sociedad contemporánea a los que han hecho del centro comercial su espacio de relación y de sueños. Y el centro comercial es la gran metáfora del espacio en el que se tienen que debatir nuestros sueños en el tiempo de la globalización. Estar dentro es para todos, viejos y jóvenes, ricos y pobres, librarnos de la intemperie, sentirnos acompañados, no excluidos. Se vende lo joven, sí, pero también es cierto que lo compramos, y en este mercadeo el resultado es una persona mayor nueva. Nueva y con problemas viejos.