Alfonso Rus suelta una fascistada, de esas que arrancan del pueblo, que suele ser muy de derechas. Le contesta la prensa, que está a la que cae, y le contesta Eliseu Climent, que también (cuando le dejan). Y Compromís, por descontado: Rus se ha cebado con el profesorado, clientela fija de la formación. Los socialistas, en cambio, se escabullen en el silencio. Los socialistas son el principal partido de la oposición y acumulan una gran masa de representación democrática. Pero el caso es que miran hacia otra parte. Algo no encaja. Se puede decir que replicar a Rus es un acto de salud pública, y los partidos políticos están, entre otras cosas, para preservar las constantes vitales democráticas. Se puede decir que archivar la impugnación a Rus en función de una extraña estrategia electoral de estricta obediencia a la que todo ha de rendirse supone un error de concepto. Se pueden decir muchas cosas. Por ejemplo, que ese guión unidireccional que abandera la nueva dirección del PSPV se ha de romper en determinados casos. Y éste es uno. Que la gravedad de las acusaciones de Rus obligan al partido político que está enfrente a dar una respuesta. Que el cumplimiento de una estrecha estrategia —la del modelo piramidal, jerárquico, que constriñe las voces— no puede obstruir la defensa del ámbito democrático vulnerado. Se puede decir que, al callar, se incurre en otro error estratégico: cierta feligresía social busca su identificación con un partido político —para que hable por ella, para que la represente— y no la encuentra. Se pueden decir muchas cosas y no se dice nada.
Doro Balaguer El desencanto es un estado supernumerario de la lucidez. La derrota, un reconocimiento vivo de la ruina. Doro Balaguer, que ha cabalgado entre el arte y la política —tiempos de obligado cumplimiento— navega entre ambos paisajes en su libro de memorias, L´esquerra agònica. Y aporta, en su confesión postrera, esa decepción y también la aceptación de un fracaso. Lo subraya Pérez Moragón. La costumbre es silenciar este tipo de derrotas, o disimularlas. «O bien, como harían algunos —señala—, proclamar que es la realidad la que se engaña y funciona mal, mientras que ellos continúan en posesión de la razón.» ¿Cuántos, entre el valencianismo intelectual y sus afueras, son rehenes todavía de esa esquizofrenia? La realidad, por una parte; ellos, con la verdad —y con mayúsculas—, por otra.