El nacionalismo se cura viajando, pero se contrae presidiendo una comunidad autónoma. Patxi López es hoy un socialista gobernando Euskadi pero, con los precedentes de Maragall y Montilla en Cataluña, no se puede descartar que el lehendakari recién estrenado se enfrente mañana a La Moncloa en defensa de reivindicaciones nacionalistas. En el primer párrafo de su discurso de investidura ya hablaba a las claras de que se vive «un tiempo para reforzar nuestro autogobierno». Entre la votación y la promesa, intercaló su «no concibo no arriesgar» en una negociación por el fin del terrorismo, jamás una doble negación fue tan afirmativa. El primer asesinato político que describió ante el Parlamento vasco no llevaba la firma de ETA, sino del franquismo.
Montilla nació en Córdoba y su dominio del catalán es un clásico en las burlas de sectores radicales. Sin embargo, es un bastión de la legislación lingüística y confiesa un deterioro de las relaciones con Madrid, como si el PSOE fuera un enemigo del?PSC. Si López experimenta una evolución paralela —constatada previamente en nacionalistas tan inesperados y abruptos como Manuel Fraga—Zapatero puede acabar añorando a Ibarretxe. Tampoco esa situación supondría una novedad, cuando se recuerda que el presidente del Gobierno suspiraba por colocar a Artur Mas al frente de la Generalitat. El acceso a la presidencia de comunidades autónomas demuestra que el hábito hace al monje o, como pretendía el excelso Kurt Vonnegut, que «somos lo que parecemos, así que conviene que nos esforzamos por ofrecer una buen apariencia».
La constatación de que todos los lehendakaris son nacionalistas no conlleva una exaltación del nacionalismo. Antes al contrario, demuestra que candidatos de patriótica tibieza ejecutarán a la perfección la presidencia autonómica. Se ensancha el terreno de juego, según se demostró de nuevo en las elecciones vascas. Ibarretxe y Aznar yerran al atribuir la llegada de Patxi López a una supuesta conjura constitucionalista, que debutó en 2001 de la mano de un nacionalista radical como Mayor Oreja. El apartamiento del PNV sólo se produce cuando PP y PSOE confeccionan sus listas en torno a candidatos desprovistos de estridencia. La difuminación de las aristas les ha llevado a la victoria, el abertzalismo del electorado se hubiera hipertrofiado ante personalidades más marcadas, como ya sucediera en anteriores comicios disfrazados de cruzada.
La imagen de Camps reclamando estatutariamente cualquier ventaja que obtenga Cataluña es otra prueba de que todos los lehendakaris son nacionalistas, no importa que esa reclamación se envuelva de emocionada lealtad a España. Por ello, y pese a la pretensión del PNV de polarizar en torno a sus siglas la excepcionalidad del cambio en?Euskadi, la única diferencia con cualquier comunidad sigue radicando en los asesinatos y las bombas. El gobierno conjunto de PP y PSOE no arranca al?País Vasco de la excepcionalidad, sino que la confirma. Muy grave y singular ha de ser la situación, para que sólo pueda ser afrontada desde la reconciliación a regañadientes de los dos polos de la oferta electoral con posibilidades de gobernar el Estado.
Si un antinacionalista puede pasar a nacionalista, mediante el simple trámite de colocarlo al frente de una comunidad autónoma, queda comprometida la estanqueidad de la alineación a ambos lados de esa frontera ideológica. La masa votante es más fluida en sus decisiones de lo que querría el PNV, y la afección al territorio se reparte con notable homogeneidad. Los sondeos previos a las gallegas y vascas demostraron que ambas poblaciones presentaban grados de identificación nacional muy similares. Al afirmar en su despedida que Euskadi sigue siendo abertzale, Ibarretxe se olvida de precisar cuándo ha realizado su sondeo. En su estertor político, el lehendakari saliente refrendó que ha perdido el poder al desprenderse de la conciencia del límite. Sus propuestas soberanistas no se han estrellado contra Madrid, sino contra la indiferencia de sus propios seguidores. Se puede ser demasiado nacionalista, y los electores están adiestrados para detectar y corregir los excesos. De momento, López hereda el reto político más importante de España, sólo superado por la presidencia del Gobierno pero por encima de la vicepresidencia económica. Un día de éstos, también él será nacionalista.