MANUEL MUÑOZ
Puede que el titular de la Generalitat, Francisco Camps, quisiera fijar la de la firma en Boston del acuerdo para celebrar la Volvo Ocean Race en Alicante como imagen de la semana. No obstante, ha sido la síndica de Compromís, Mònica Oltra, quien consiguió llevarse —por así decir— el gato mediático al agua con su cartel de Wanted estampado en la camiseta negra. ¡Qué le vamos a hacer! Todos los telediarios catapultaron a la diputada valenciana, y los que desde el PP lanzan apocalípticos anatemas sobre ella deberían: 1. No confundir la institución de la Generalitat con la persona que la preside, que está sujeta a la crítica. 2. Tener en cuenta que con el exiguo grupo político (Iniciativa pel País Valencià) al que pertenece Oltra y las menguadas posibilidades que parece tener, o aguza el ingenio o tiene un oscuro porvenir.
No se puede olvidar que el llamado caso Gürtel está pesando como una losa sobre el Consell, que transmite una imagen de honda y permanente preocupación. Especialmente cuando, en la parte que investiga el Tribunal Superior de Justicia de Madrid el ex consejero de Deportes de Esperanza Aguirre, Alberto López Viejo, tiene impuesta una fianza nada menos de que de 250.000 euros. Celebro la confianza del presidente valenciano de que se saldrá de rositas de este asunto y también sus ganas «locas, locas» de explicarlo todo ante el juez. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Pues nada, en este aspecto, como dijo George W. Bush, que en paz (política) descanse, wait and see, que no ha de tardar mucho la cosa.
Pero la indudable importancia de la trama Gürtel, los contratos y las vinculaciones del Consell con las empresas implicadas no nos deben hacer olvidar otros acontecimientos que tienen un indudable calado político.
Me refiero, por ejemplo, a la poco —digamos— edificante medida de implantar nuevas líneas de inglés en colegios públicos eliminando a cambio las de valenciano.
Da la impresión de que el conseller de Educación, Alejandro Font de Mora, pese a que ya sufre una importante contestación en sector educativo, busca pretextos para echar más leña al fuego. Ahora que parecía que marcha atrás en la imposición del inglés en Educación para la Ciudadanía le daba una tregua relativa, la sustitución del valenciano por la lengua de Shakespeare renueva la polémica.
Me sorprende que personas que se presume tan sabias y cultas tengan esa extraña proclividad al dislate en materia de educación. Estoy completamente de acuerdo en que hay que mejorar el conocimiento de idiomas. Y en que el inglés es hoy la lengua de comunicación internacional. Pero su estudio ni debe ser excluyente de otras lenguas extranjeras ni puede desplazar el valenciano, que ha costado mucho esfuerzo situarlo como lengua de cultura tras la persecución de la dictadura. Y no me refiero —claro está— a otros miembros del PP que llaman «gilipollas» y creen que hay que «rematar» a los profesores que dicen «gairebé» y «aleshores».