FERNANDO DELGADO
Ya se habrán hecho centenares de interpretaciones de los poemas de Szymborca y Kirmen Uribe que el lehendakari vasco, Patxi López, leyó el jueves pasado junto al árbol de Gernika. La poesía dice siempre más de lo que dice y ofrece también tantas lecturas como lectores pueda tener un poema. El socialista Alfonso Guerra solía emplearla para felicitar la Navidad a sus amigos y enviar de paso un mensaje a sus enemigos. El popular Alberto Ruiz-Gallardón siguió a Guerra en eso y consiguió que unos y otros le dieran mil vueltas a sus citas. Ambos son lectores de poesía y supongo que algo les habrá ayudado esa costumbre para ver un poco más de donde suele hacerlo la política. No me consta que la poesía sea la lectura más preciada del lehendakari López, pero vale más un buen seleccionador de textos para reiterar algo ya dicho, aunque con creativa visión, que un redactor de discursos con lugares comunes. La elección misma tenía cierto simbolismo en una ceremonia llena de valor simbólico, tanto en lo nuevo como en lo tradicional. De su programa de gobierno ya había hablado el día anterior el nuevo lehendakari; el jueves hablaba de lo que sentía y deseaba. Lo hizo con voz prestada, pero el préstamo reconocido, lejos de quitar autenticidad a lo que se expresa, otorga mayor precisión a la expresión de lo que de verdad se siente. Y López no escogió textos herméticos que le permitieran eludir el compromiso de hablar claro bajo el árbol de Guernica, sino que evocó la paz, las sonrisas y los abrazos, en la esperanza de los días luminosos de Szymborska, y la amabilidad, la luz de mayo, tras los días tristes en que todo parece oscuro, de su paisano Uribe. Bien es verdad que la poesía que emociona obliga a pensar y en eso habrán encontrado cierta dificultad aquellos cronistas que toman por dulces palabras, ajenas a la realidad, pura ensoñación deleitosa, la hondad verdad del poema. «Dos voces»: una vasca y la otra universal. Si algo necesita Euskadi son voces de paz. La poesía no es allí un «arma de futuro», como creía el vasco Celaya. Si algo sobra en Euskadi son las armas.
Y aparte. Patxi López prescindió de esa fórmula ritual de juramento que incluía la expresión «ante Dios humillado». Al decir «ante Dios humillado», no se sabía bien si rendido humildemente el lehendakari, de modo voluntario, o humillado a la fuerza por su creador; como quien pasa por una situación en la que su dignidad sufre menoscabo. Claro que humillar significa también abatir el orgullo y la altivez de alguien, y si cualquier lehendakari salía de Gernika con su orgullo y su altivez abatidos, bien merecía la pena tal vez ese juramento. No parece, sin embargo, que fuera el caso de Ibarretxe, que se humilló varias veces ante Dios como requería la fórmula. Pero ni desde una perspectiva cristiana resulta decoroso ver al pueblo humillado, es decir, inclinado humildemente en la persona de quien lo representa. No lo ve bien el que no cree y tampoco el creyente: quien crea en Dios debe pensar que su dios no impone semejantes exigencias. Pero quizá el que corra ahora a humillarse ante Dios, para que Dios le ampare, sea Iñaki Anasagasti, que ha dicho que siente «asco por una democracia como la española», sin temor a lo que la democracia, española o no, pueda sentir por un demócrata como él, tan nervioso.