El entendimiento entre la Generalitat de arriba y la de abajo —el cariño no se les supone, aunque me sorprendería gratamente— es tan necesario como la buena conexión por asfalto y raíles. Pese a que Camps y Montilla no estén en su mejor momento: en las horas bajas deben seguir funcionando los trenes. Y tal vez no haya que pedir más: no veo otra demanda social, ni aquí ni allá, aunque los esfuerzos del gremio literario en ambos lados del Cenia hayan creado una romántica germanor con violines paneslavos. No sé si me explico.
Voy a ser mucho más claro: los puertos del Mediterráneo —en Valencia, Cataluña, Murcia o Andalucía— crecen mucho más deprisa que los atlánticos y tenemos en Europa nuestros grandes mercados, un tráfico que pasa, necesariamente, por Cataluña (o Aragón) sin que existan, hasta ahora, conexiones rápidas por Port Bou o Canfranc. O por Canfranc y Port Bou. Esto es lo que nadie nos aseguró mientras contemplábamos la mucha alegría que contiene el perfil de madame Sarkozy, que diría Maruja Torres.
La conexión por Irún —para la España Ulterior— va muy avanzada, así como nuestro propio enlace con Madrid (Aznar, lo planeó; lo ha pagado Zapatero), como si estuvieran allí nuestros intereses prioritarios, cosa que la realidad desmiente un día sí y otro también. Pero se interpusieron intereses políticos conservadores y, lo que es peor, distorsionantes. Los empresarios valencianos callaron. El pasillo mediterráneo está lejos, nuestras autopistas son de pago (a otros les salen gratis) y no es que las balanzas fiscales nos perjudiquen (eso podría ser aceptable), es que no nos sale ni la media de inversión por habitante. Todo esto junto a una representación política inferior a la que nos corresponde por los criterios de proporcionalidad atenuada favorables a las regiones con menos población. Co-mo si no existiera una cámara territorial llamada Senado y como si ya supiéramos para qué sirve.