Camps/Montilla, segunda reunión

 

Jesús Civera

Pujol visitó esta CV muchísimas veces. Muchas más que Zapatero, de aquí a Lima. Pero sólo pisó el Palau en 1993, sobre la alfombra crespuscular de Joan Lerma y bajo el palio de un encuentro oficial. Impulsaron grupos de trabajo comunes, que es de lo que se trata en estos casos, más allá de los actos simbólicos y de atemperar los estados asimétricos de la cuestión diferencial. Tres lustros después, un presidente catalán, José Montilla, repite escena oficial en la calle Caballeros, con Camps de anfitrión y bajo la tonalidad de otro ocaso. Ambos acuerdan, al igual que en 1993, repartirse las tareas sectoriales. Montilla, lo que son las cosas, le ha proporcionado algo de oxígeno a Camps. Montilla no es Pujol —no posee la carga referencial de aquél— pero sirve. Y antepone Cataluña a su partido. Zaplana se entrevistó al menos cinco veces con Pujol pero sus reuniones poseían otro carácter: el de los conciliábulos extra-institucionales. Hay políticos que se manejan entre las sombras con mayor plenitud que bajo los rayos de luz. En todo caso, Zaplana y Pujol se vieron más al otro lado del Sénia que a éste, por aquello del qué dirán. (Del qué dirán las huestes del blaverío melancólico, mayormente). Sin embargo, si descontamos algún signo arqueológico (Tarradellas se encontró con Albiñana en la carlista Morella, en 1979), la microhistoria de las relaciones presidenciales comenzó en 1983, año de la investidura de Lerma, cuando Pujol acudió como invitado. Cinco representantes de UV abandonaron las estancias oficiales como protesta ante la provocación. Seguramente, en la calle les esperaría Paquita la Rebentaplenaris. Meses antes —con Lerma de presidente provisional—, el hoy senador se desplazó al Palau de allí. Regresó en 1984. Desde entonces se sucedieron hasta cinco reuniones. Pero sólo en una ocasión Pujol alcanzó a contemplar el relumbre del Saló Daurat. Montilla le ha sucedido. En 25 años, o así, sólo se contabiliza una docena de reuniones al más alto nivel. Y sólo dos en el Palau de la Generalitat. A Camps hay que otorgarle ese mérito estadístico: es el único del PP que lo ha logrado. Y no sólo estadístico. Valencia y Cataluña poseen esferas análogas en el tejido industrial y se juegan mucho en este proteico cambio económico. En particular, la CV se la juega más con Cataluña que con la mimada Murcia. Lo que no deja de ser una obviedad.

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