Helen Thomas, corresponsal de UPI en la Casa Blanca durante muchos años y otros tantos mítica columnista de Hersh, después de haber conocido de cerca —y ser agasajada por todos ellos— a media docena de presidentes de los Estados Unidos de América, no se recataba en afirmar que los gobernantes «odian a los periodistas» que cubren la información que generan con su actuación política. Por eso es un grave error tomarles afecto o creer que ellos puedan sentirlo por nosotros. El político sólo simula cordialidad hacia un periodista si cree que puede utilizarlo para sus fines, y cuando se convence de que eso no es posible, lo aparta de su entorno estableciendo entre ambos una infranqueable y gélida barrera. Únicamente se muestra amistoso con los que aceptan el papel de cómplices y paniaguados, dejándose intoxicar por sus comunicados y confidencias. Lo que convierte a esos periodistas en la vergüenza de una profesión que se justifica en la información y la opinión independiente y verídica.
Como en la viña del Señor, en política hay de todo. Cuando los políticos inician su carrera hacia el poder son seres humanos como los demás, pero se van deshumanizando y acaban con la sensibilidad acorchada por la ambición de ser y de tener. La gama de políticos va desde el más inteligente al más ceporro, pasando por la mediocridad inane, como en cualquier otro grupo humano. Los veteranos periodistas que hemos sufrido a los políticos durante años, en ocasiones tuvimos que lamentar vernos obligados a tratar a algunos de ellos aunque sólo fuera superficialmente. Siempre, a la hora de buscar un chivo expiatorio para justificar sus errores y patinazos, dirigen su mirada hacia la prensa con toda naturalidad y desparpajo. También en ese aspecto tuvo sus experiencias Helen, y no dudó en hacerlas públicas a la hora del adiós.
Los políticos son seres especiales, endurecidos por la ambición de poder, y con una exagerada y muchas veces injustificada autoestima, que ven a los demás como pigmeos, desde la cumbre de la cucaña en que convirtieron su vida el día que decidieron vivir y enriquecerse, si posible fuera, en el ejercicio de la política. Así como los soldados de Napoleón llevaban en el macuto el bastón de mariscal, a juicio del Gran Corso, cada concejal, alcalde o diputado abriga en el fondo de su alma la ambición de sentarse algún día en la cúspide del poder político de su país. Esto los convierte en elementos especialmente peligrosos, para los que no existe la amistad, el respeto a los demás y en ocasiones ni siquiera el amor a la familia. Nada hay por encima de su ambición de poder, y por mantenerlo cuando lo consiguen son capaces de firmar declaraciones de guerra y sentencias de muerte, así como ordenar cargas contra el pueblo indefenso para imponer su autoridad. Basta echar mano de la historia para comprobarlo.
Y lo peor es que mientras están en el poder se sienten salidos del calcañal de los dioses, y muestran un repugnante despego hacia la sociedad a la que dicen servir. Aunque se hayan encaramado en la bicoca, prebenda o sinecura democráticamente y cargados de buenas intenciones, acaban actuando como trasnochados dictadorzuelos. Aconsejaba Helen Thomas en su vejez, que los periodistas que quieran ser profesionalmente íntegros y ejercer con honestidad su profesión, «deben dudar de cualquier tipo de amistad o confianza que venga de los políticos». Y tenía razón, porque es evidente que cualquier síntoma de aprecio procedente de los profesionales de la política, es interesado y tiende a manipular los análisis de los periodistas y a sesgar sus opiniones en beneficio propio. Tampoco, según Helen, el periodista debe acoquinarse cuando, desde el poder político, se esgrime que informar sobre esto o aquello va en contra del país. El periodista no ha de tener miedo a que lo tachen de antipatriota por destaparle el antifonario a los mandatarios. Los ciudadanos del país tienen derecho a saber cómo son y cómo piensan quienes los gobiernan, así como las motivaciones que les llevan a tomar sus decisiones. Es ésta una regla de oro que hay que mantener a toda costa si queremos honrar nuestra profesión y a nosotros mismos.
Por eso ninguna pregunta ni repregunta es impertinente o inadecuada. El periodista tiene derecho a replicar al político, por muy alta que sea la dignidad de su cargo. Ni la educación ni las normas establecidas por ellos mismos, o por sus gabinetes de prensa y propaganda, pueden coartar la libertad de información y de opinión que consagra toda democracia que merezca el nombre de tal. Todo eso lo practicó Helen Thomas a rajatabla, convirtiéndose en un ejemplo a seguir. Pero ella ejerció el periodismo en un país donde la prensa fue capaz de descubrir los chanchullos de un presidente y provocar su salida de la Casa Blanca.
El puyazo: el toro en crisis
Decía Ortega, no el torero sino el filósofo, que para saber cómo está el país nada mejor que asomarse a una plaza de toros. La Feria de Abril taurina celebrada en La Maestranza sevillana, uno de los templos más importantes del toreo, ha dejado patente que el buen pueblo español está tan de vuelta de todo que ya ni se enfada cuando le toman el pelo y la cartera. Se hizo realidad el axioma de que «cuando hay toros no hay toreros y cuando hay toreros no hay toros». En Sevilla, la bravura ha brillado este año por su ausencia. Toros mansurrones y sin fuerzas ha sido la tónica. De poco vale que tengamos en la actualidad un manojo de toreros de categoría, capaces de jugarse el todo por el todo, sino tienen con que hacerlo. Ni siquiera hizo acto de presencia la fiera corrupia de Victorino, Palhas o Miura, que sirve al menos para que los toreros se peguen el arrimon y salven la honrilla. Con toros así, la Fiesta puede acabar en una pantomima esteticista sin garra ni grandeza alguna. Y lo peor es que el San Isidro madrileño parece que sigue los mismos derroteros.