Mientras Zapatero continúa tomándonos el pelo sin rubor alguno y Rajoy acierta en la crítica pero sigue sin atreverse a presentar alternativas concretas que a muchos nos gustaría escuchar (mercado laboral adaptado al siglo XXI, bajada de impuestos, energía nuclear, privatización de empresas públicas deficitarias e inexplicables como RTVE, eliminación de trabas administrativas para la iniciativa privada), Cataluña sigue en su peculiar búsqueda de identidad.
Ha tenido que desaparecer el caudillismo edulcorado y bonachón de Jordi Pujol para que los gobernantes de Cataluña hayan caído en la cuenta del desproporcionado y arbitrario maltrato en materia de infraestructuras al que su región ha sido sometida durante buena parte de los últimos 30 años. Irrumpen ahora en todos los foros para, en defensa de lo suyo, como han hecho durante lustros con tanto éxito los Chaves y Rodríguez Ibarra de turno, reclamar una mejora en un sistema de financiación autonómica que consideran injusto. Hasta ahí, todo normal. Discutible, pero comprensible.
Lo que, sin embargo, resulta sorprendente es que todavía a estas alturas tanto CiU como el PSC y sus socios independentistas y comunistas sigan preguntándose cómo ha podido la inversión pública en Cataluña acabar en el deplorable estado en el que se encuentra. No hay peor ciego que el que no quiere ver, de manera que, por si sirve de algo, les daremos una pista. Durante estos días, convergentes y tripartito andan a la greña por la declaración de la sardana como «danza nacional de Cataluña». Han leído bien. No hay ningún error. Mientras la economía catalana se va al garete y el paro aumenta a un ritmo muy superior al de la media española —gracias, en parte, al mago de L´Hospitalet, Celestino Corbacho—, convergentes y tripartitos discuten sobre si esa medida de fundamental importancia para el devenir de los catalanes debe tener rango de ley o aprobarse con un simple decreto. Y ahí siguen, tirándose los trastos de forma inmisericorde. Como si eso le importase un pimiento a alguno de sus administrados en general y votantes en particular.
Votantes, por cierto, que hace unos días aplaudieron a rabiar en un mitin socialista a la ministra de Defensa, Carmen Chacón, cuando exclamó enfervorizada que el ministro de Trabajo, allí presente, estaba realizando «una estupenda labor» al frente de su ministerio. Será por habernos llevado sólo a los cuatro millones de parados, imaginamos. Ya lo dijo Churchill refiriéndose al sufragio universal…