CIBELES

¿Imputado o culpable?

 
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Alberto Piñero

Imputar algo a alguien es, según el diccionario de la R.A.E., en su primera acepción, atribuir a alguien la responsabilidad de un hecho reprobable, es decir de un hecho que no se aprueba y que, es más, se da por malo. Es decir, alguien, el acusador, ha conocido la probable existencia de un hecho, ha interpretado que es malo, y lo ha atribuido a una persona a quien considera culpable.
La vida nos ofrece abundantísimos ejemplos de imputaciones que han resultado ciertas, pero no menos de otras que se han probado falsas, o basadas en interpretaciones que no eran sino retorcimientos malévolos.
Cuando la política está de por medio, y hombres sin escrúpulos ofician de políticos, las falsas imputaciones se convierten en su discurso del método. Así se han cometido verdaderos crímenes. Por citar uno me limitaré al famoso affaire Dreyfuss, con el que políticos y militares franceses acosaron, denostaron, e injuriaron a Dreyfuss, hombre honorable donde los hubiera. Nadie le devolvió nunca su fama perdida. Su honor y su honradez no se los pudieron arrebatar, pues los llevaba dentro, pero le destrozaron la vida. Guardando mucho las distancias, una imputación desde interpretaciones malévolas, esta vez desde compañeros ideológicos, quebró hace no mucho la carrera de un político valenciano de primerísimo nivel, a quien tampoco nadie, nunca, devolverá su fama, aunque su dignidad, como Dreyfuss, la lleve dentro.
Cuando observo que la imputación de algo a alguien provoca, en ámbitos políticos partidarios contrarios a ese alguien, lo que el inenarrable Zerolo denominaría orgasmos democráticos, siento, como Hamlet, que algo huele a podrido en Dinamarca, sobre todo cuando Dinamarca son los compañeros ideológicos de las fuentes de que se nutrió la imputación.
Alegrarse del mal ajeno, aunque se trate del de un adversario político, es siempre una bajeza. Dar por hecho que un imputado es culpable es una maldad, contraria a lo propio de un Estado de Derecho. Hacerlo en público, en las instituciones, es pura barbarie. Y es, además, una solemne estupidez, porque si resulta luego que el imputado queda libre de imputación, o absuelto con todos los pronunciamientos favorables, ¿dónde quedarán los que jalearon lo que resultó no ser sino un falso testimonio?
*Departamento de Sociología y Antropología Social. Universitat de València

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