Intrépida belleza

 21:30  

Julio Bustamante

Un buen día recibí una llamada desde Granada. Un amigo me invitaba a volver a su bello e inaudito país para que diera una actuación. Esta vez iba a ser en las proximidades de Sierra Nevada, a orillas de un embalse, donde había montado un garito al aire libre para la temporada estival. Ni que decir tiene que la perspectiva me puso el cuerpo de fiesta, y me hizo recordar el anterior concierto. En un viejo mesón, sin equipo de soni­do, me vi en la tesitura de cantar encaramado a una mesa. No recordaba haber hecho algo así en mi vida, pero por lo visto allí era de lo más normal. Así que me dije, donde estuvieres hicieres lo que vieres, y el resultado fue satisfactorio. Señalo estas anécdotas porque creo que valen la pena y porque son prólogo de la siguiente aventura.
Precisamente da comienzo a la hora de subir al autobús y dejar atrás aquellas sierras. Me esperaba un buen número de horas hasta llegar a casa, y un poco de sueño atrasado que confiaba tramitar aprovechando el tedio del trayecto. Mas el destino, burlón, no quiso que fuera así. Nada más subir comprobé con alegría que el vagón iba casi vacío. Mientras consultaba el número del asiento me alcanzó el resplandor de una belleza insospechada. Por suerte, mi butaca quedaba justo detrás de la suya: podría observarla sin llegar a importunar. Pero, de nuevo, las cosas no serían co­mo yo imaginaba.
Con un imperativo movimiento de su elegante mano pronto me hizo saber que un caballero no sube a un transporte público y se sienta, sin más, donde indica un vulgar billete. No, las cosas no son así de simples; además, las normas están para saltárselas, de lo contrario la vida resultaría de lo más aburrida, ¿no es cierto? Quedaba por delante un viaje muy largo, y es de personas sensatas aprovechar para hacer nuevos conocimientos. ¿O no? Al decir esto, sus pálidos ojazos desafiaron los míos. Mientras me preguntaba en qué novela había leído aquel lenguaje seductor comprendí que, si seguía sosteniendo su angel­ical mirada, de mi voluntad iba a quedar bien poco, y tal vez del dinero que traía. Me propuse seguir el cálido ritmo de su voz mirando a través de la ventana. Era difícil verla sin sucumbir al fuego abrasador de sus encantos.
Adoptando un aire indiferente preguntó de pronto a qué me dedicaba, y con la misma frialdad encontró interesante que fuera músi­co. Como viera que ahí terminaba toda su curiosidad aproveché para felicitarla por su aceptable español. Eso dio pie a que me confiara algunos detalles de su vida. Tenía veintiocho años y un niño de tres que había dejado allá, con los abuelos, para buscarse la vida, según dijo, en este paraíso terrenal. Había estudiado filología hispánica, luego trabajó en un banco por un mísero sueldo hasta que ya no pudo más. Estaba cansada del frío y de una vida sin expectativas. En cuanto al niño, no le faltaba de nada; a ella sí. Estaba en la flor de la vida y era tiempo de salir adelante, eso lo primero; después ya se vería. En Alicante la esperaban sus tíos y sus primos, que habían sabido prosperar como es debido; es decir, sin reparar en cortapisas morales: ese tipo de asuntos en su país estaban fuera de lugar.
Tampoco le cabía en su linda cabecita que en Europa nadie supiera ni una palabra de su lengua. Le parecía una afrenta, un imperdona­ble agravio, teniendo en cuenta la de millo­nes de personas que lo hablan y el dulce encanto de su entonación. Esta cuestión del idioma estuvo a punto de hacerla perder la compos­tura. La mejor solución que encontró para paliar este desaire consistía en empezar conmigo el pertinente apostolado: el resto del viaje lo emplearía en tomar las primeras nociones. Ante todo, mucha atención al movimien­to de mis labios. ¿Entendido?
Al verme sin escapatoria tuve que reconocer que nunca está de más aprender nuevos idiomas; además, los viajes sirven para eso, ¿no es cierto? Así, en medio de estos inocentes entretenimientos, la hermosa joven llegó a su destino. En la despedida sugerí que si alguna vez venía a Valencia podríamos seguir con la lección. Ante esa perspectiva, o la de otra tal vez menos favorable, inventé una excusa para no darle mis señas. Mejor fiarlo todo al azar. ¿O no?

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