Con la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca, algo parece haber cambiado entre EE UU e Israel. El periódico (de gran calidad) israelí Haaretz califica este cambio a través de una palabra fuerte en términos diplomáticos e inequívoca: «incidentes», refiriéndose a varios actos y hechos de parte de EE UU cuyo significado es bastante preocupante para Israel. Primer incidente: el encargado para asuntos iraníes, Dennis Ross, mandado por Obama para hablar con los países árabes del Golfo de la nueva estrategia de EE UU con Irán, no avisó de su viaje a los ísraelíes; aún más, ni siquiera les comunicó los términos generales de las discusiones. Eso es una novedad, pues desde 1973 EE UU coordina su estrategia regional con Israel. Segundo incidente: los detalles del plan de negociaciones con Irán no fueron comunicados a Israel, lo que no sólo constituye una mera falta de coordinación sino, en términos diplomáticos, una muestra de autonomía estratégica y quizás de desconfianza. Tercer incidente: Israel, que estaba involucrado en las negociaciones entre Siria y EE UU y que pretendía vincular el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países a la condición de la sumisión de Siria a los intereses israelíes, ha sido alejado de las recientes negociaciones entre Estados Unidos y Siria. Incluso, los israelíes saben muy poco del contenido de las discusiones que un alto diplomático americano, enviado por Obama hace unas semanas, tuvo con los sirios. Cuarto incidente y probablemente el más importante: la subsecretaria de Estado norteamericana, Rose Gottemoeller, hablando del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) dijo por primera vez y muy claramente: «La adhesión universal al TNP, incluso por parte de la India, de Israel, de Pakistán y de Corea del Norte, sigue siendo un objetivo fundamental de EE UU.» Nunca EE UU había integrado a Israel en esta lista; incluso pretendían que Israel no tenía la bomba atómica y, con el apoyo de los europeos, se oponían a denunciar el hecho de que el Estado israelí tenía más de 300 cabezas nucleares.
Ahora bien, esa evolución es muy relevante no sólo porque acepta la evidencia, sino también porque puede ser una señal dirigida a Irán, que ha firmado el TNP y argumenta que se le pide respetar las normas del TNP, lo que hace, pues no tiene armas atómicas y no quiere adquirirlas, mientras que no se exige nada de Israel, que tiene armas nucleares y se niega a firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear.
Todos estos incidentes deben ser analizados en el contexto estratégico de la política global que Obama está poniendo en marcha en el mundo. Cambio con América Latina, con Cuba, con Rusia, con China, con el mundo musulmán. Contenido del cambio: fin de la época de exportación del caos que caracterizaba la estrategia imperial de Bush y de los neocon (apoyada por Blair, Aznar y la gran mayoría de los países del Este de Europa), instauración de una política internacional basada en el multilateralismo y la coordinación con la ONU. Sabe Obama que EE UU no puede ya tener una estrategia mundial agresiva, pues no dispone de los medios económicos para sostenerla; y también sabe que EE UU no puede ganar las guerras del caos iniciadas por Bush, pues eran todas injustas y no gozan del apoyo de los pueblos concernidos. Y, más aún, Obama, por ser él mismo medio musulmán, sabe que el enfrentamiento con el mundo musulmán, siempre radicalizado por Israel para fortalecer su posición regional, al fin y al cabo, va en contra de los intereses profundos del pueblo norteamericano.
Pero la situación es muy difícil para el inquilino de la Casa Blanca porque Obama puede tener éxito en todos los campos, pero no en el de Medio Oriente. ¿Por qué?
La razón es que aquí el cambio estratégico tiene que ver no sólo con la política exterior, sino más bien con la misma política interior. Israel no es un elemento de política exterior en EE UU: es considerado, si no por los ciudadanos norteamericanos, por lo menos por el lobby pro israelí en EE UU, como el 51 Estado del país. Y este lobby condiciona la lealtad al Gobierno norteamericano por el apoyo a Israel. Cuando se habla del lobby, no se habla de todos los judíos norteamericanos. Primero, porque muchos condenan la política colonial de Israel; segundo, porque muchos no se consideran judíos antes de americanos y no aceptan someter los intereses de su país a los de Israel, y tercero, porque el lobby es más pro israelí que judío, lo que significa que son muchos los no judíos en el lobby quienes apoyan al Estado hebreo no por causa de pertenencia confesional común, sino por otras razones (ejemplos emblemáticos, los cristianos reaccionarios como Bush, Dick Cheney, Donald Rumsfeld, u otros más).
Ahora bien, Obama tendrá que tomar en cuenta el poder de este lobby, muy potente en los medios de comunicación y en Wall Street, porque no puede declararle la guerra. Las reacciones después del viaje de Netanyahu el 12 de mayo deben ser analizadas detalladamente. Además, es obvio que Obama tiene un margen de maniobra muy estrecho, pues su secretaria de Estado, Hillary Clinton, apoya a Israel y no quiere tener en contra de ella el lobby electoral pro israelí en su propia ciudad de Nueva York. Con lo cual, los incidentes señalados por Haaretz no deben ser interpretados como una reorientación radical de la política de alianza estratégica entre EE UU e Israel sino como, y eso ya es un giro importante, una integración de las relaciones americano-israelíes en los parámetros de la estrategia regional, medio oriental, de EE UU. Dicho de otro modo: se trata de considerar a Israel como un gran aliado, incluso como el aliado principal en la región pero cuyos intereses no deben siempre condicionar los intereses norteamericanos con el resto de los países de esta región. A su manera, siempre muy hábil y diplomática, Obama lo había señalado cuando, hablando en su discurso de investidura de las relaciones con el resto del mundo, mencionó primero el Islam antes del judaísmo, y viajando unos meses después en Europa para la reunión del G20, en abril, hizo un salto a Ankara, en Turquía, olvidando Tel Aviv.
Sí, hay algo nuevo en la Casa Blanca…
*Politólogo. Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de París VIII.