Recientemente tuvieron lugar en Zaragoza concentraciones contra el cultivo de plantas transgénicas. Varios países europeos, como Alemania, Francia, Grecia las prohíben y, por el contrario, en España se cultivan ochenta mil de las cien mil hectáreas de maíz transgénico que hay en Europa, singularmente en Aragón.
La discusión sobre las plantas transgénicas, especialmente el maíz y la soja, se produce hoy, después de comprobarse sus efectos contaminantes sobre la diversidad agrícola tradicional y, sobre todo, después de reconocerse la situación de monopolio que tienen algunas compañías, como Monsanto, que han patentado las correspondientes semillas y las venden, bajo condiciones abusivas, a los agricultores. El hecho de que se puedan patentar seres vivos, biológicos, originado dentro del pensamiento neoliberal de la economía, ha hecho rebelarse a muchos científicos, que defienden una incorporación paulatina de los avances tecnológicos a la agricultura pero sin que ello lleve consigo su apropiación y explotación mercantil en régimen de monopolio.
Monsanto tiene mala fama. A ella se debe la creación del efecto naranja cuando produjo un defoliante que sirvió para destruir bosques y praderas en los que se ocultaban las fuerzas que resistían la invasión americana en la guerra del Vietnam. El efecto naranja produjo enfermedades y malformaciones no sólo en la población nativa, sino en los propios soldados americanos y, por mucho tiempo, generó un clima de sospecha respecto a Monsanto y otras multinacionales de la manipulación genética. En España, el lobby pro transgénicos está representado en el Gobierno por la ministra Cristina Garmendia y otros altos cargos en los ministerios de Ciencia y Medio Ambiente. La Unión Europea aplicó una moratoria a los productos transgénicos desde 1998 a 2004, aunque el Gobierno Aznar hizo oídos sordos a ella y permitió su desarrollo hasta que hoy ocupemos el dudoso primer lugar en Europa de cultivos transgénicos.
La asociación Amigos de la Tierra explica cómo el lobby pro transgénicos está llegando cada vez con más fuerza a los ámbitos políticos y académicos, postulando que lo transgénico es la mejor solución para la producción masiva de alimentos en estos momentos de crisis, aunque, sostiene Amigos de la Tierra, la verdadera solución es proteger a los agricultores, permitirles que sigan al frente de sus explotaciones, favorecer la diversidad, la sostenibilidad frente al monocultivo e impedir que las multinacionales agrícolas y ganaderas se hagan carga del sector, como de hecho ya se ha producido en Estados Unidos.
*Presidente internacional de Sociólogos sin Fronteras.