Estamos a dos semanas de unas elecciones importantes, las europeas, y ya en plena campaña, pero sin el ambiente de otras convocatorias. Todo apunta hacia una gran abstención, y, no obstante, el Parlamento Europeo que se constituirá a partir de los comicios del 7 de junio está llamado a jugar un papel decisivo en el futuro de la Unión. Si se culmina el proceso de ratificación del Tratado de Lisboa, a la espera de que lo haga Irlanda en el nuevo referéndum convocado para este otoño, la UE pasará a tener personalidad propia con independencia de los Estados, lo que le permitirá firmar tratados y una evidente mayor capacidad de decisión a la hora de afrontar problemas, como la crisis económica, que afectan a la totalidad de países miembros. Del mismo modo que entraría en vigor la carta de derechos fundamentales, con lo que, ya de manera definitiva, cabría hablar de una ciudadanía europea.
Y, sin embargo, a lo largo de los últimos meses y en estos primeros días de campaña, poco se habla de todo eso, sino de las disputas políticas internas relacionadas con la corrupción o el desempleo. Tanto socialistas como populares han planteado la campaña como si se tratara de un plebiscito sobre el Gobierno. No hay clave europea, sino doméstica, en un intento de ganar las elecciones para tratar de deslegitimar al adversario y prepararse para las próximas generales. Una lectura que, en nuestro caso, es todavía más transparente. El PP quiere convertir la consulta europea en un referéndum sobre el presidente Camps tras su imputación en el caso Gürtel, tal como demostró el domingo el mismísimo Rajoy.
Todo en clave estatal o local. Los partidos parecen empeñados en transformar las elecciones europeas —que en el futuro deberían tener tanta transcendencia para el mundo como ahora lo tiene la elección de presidente de Estados Unidos— en un simple test o encuesta para calibrar las fuerzas cara a otros comicios. Y así a nadie debería extrañar que la ganadora sea la abstención. Una abstención cuya causa principal está en la desinformación y el escepticismo de una ciudadanía que ve en las instituciones europeas un reducto más de la desprestigiada clase política y no un instrumento para la solución de sus problemas. Es importante mirar hacia Europa, sin que por ello se desatiendan las cuestiones más cercanas, porque ahí, en el futuro de la Unión, está nuestro futuro. Faltan dos semanas para las elecciones y deberían aprovecharse no sólo para hacer campaña a favor de unas u otras candidaturas, sino para hacer pedagogía de Europa, del Tratado de Lisboa y, en definitiva, de lo que supone ser ciudadano europeo.