Pereza y mediocridad

 

Francisco Mora

De un tiempo a esta parte proliferan los casos de añoranza de los tiempos del general de pata corta y mandato largo. De boquilla, por hacerle la puñeta a los que mandan y con la advertencia de que si el receptor de la confidencia revelara semejante cosa, sería acusado sin rubor de haberse dado a la bebida. Cada cual tiene derecho a alimentar los demonios interiores que le dé la real gana, entre otras cosas porque el pensamiento no delinque, aunque como decía el cura de mi pueblo, allá por los años cuarenta: «Bailar agarrados no hace niños, pero repican a vísperas». Pero convengamos en que, mientras los que vuelven los ojos al pasado sean tan frívolos, cortos de vista y melindrosos, la cosa no pasará de lo anecdótico.
No seré yo quien afirme que durante sus cuarenta años todo lo que generó el sistema franquista fue malo sin mezcla de bien alguno. Ello sería, además de una exageración, una inexactitud, pues es más que sabido que las dictaduras buscan su legitimación afianzándose como Estados de obras, y como nadie estorba la realización de sus proyectos ni les fiscaliza los gastos porque no existe oposición, es el propio jefe del Estado, que, como decía el extinto, sólo tiene que responder «ante Dios y ante la historia» quien establece las prioridades y programas y los realiza con voluntad de imperio. Recordemos la afición de Franco a inaugurar pantanos, tomando como tales cualquier embalse natural, hasta el punto de que se decía en clave de chiste que, durante uno de sus viajes, el caudillo hizo parar a su chófer el coche porque le apremiaba aligerar la vejiga, y que cuando terminó, con un suspiro de alivio exclamó. «Queda inaugurado este pantano».
En el mismo sentido, recuerdo perfectamente cómo un día ya en plena democracia y funcionando el Estado de las autonomías, Jordi Pujol irritado me decía que cualquier ministro del franquismo mandaba en Cataluña más que él. Como le hiciera notar mi sorpresa ante tales palabras en boca de un hombre con su poder y el presupuesto que manejaba me respondió: «Ellos podían trazar una línea recta en el mapa, atravesando las cuatro provincias catalanas, y por allí pasaba la carretera. Por el contrario, yo tengo que contar con todos los ayuntamientos del trayecto y la carretera, además de retrasar su construcción exageradamente, acaba pareciendo un camino para culebras».
El ser humano tiende a olvidar lo peor de los tiempos pasados y recordar sólo lo bueno, pero un somero análisis comparativo de nuestra realidad actual con los años anteriores al comienzo del proceso democrático, nos obliga a reconocer que hemos superado muchas injusticias y desigualdades irritantes, y dejado atrás no pocos usos, costumbres y barreras que nos impedían avanzar como pueblo hasta poder parangonarnos con los de los demás países europeos. Hasta el momento en que la crisis financiera hizo acto de presencia, en este país no se distinguían los ricos de los pobres en la indumentaria ni en la mesa, el automóvil se puso al alcance de todas las clases sociales, que por cierto se mezclaban en los restaurantes y espectáculos de masas, la sanidad pública llegó a todos los españoles como derecho conquistado por su trabajo, y los hijos de los trabajadores consolidaron su acceso a estudios superiores mientras todos los asalariados del país disfrutaban de vacaciones pagadas. Cosas todas ellas que no ocurrían en mi infancia, adolescencia y juventud.
Repito, que nuestro progreso socioeconómico se produce, y alcanza sus máximas cotas, cuando ni los ciudadanos ni sus gobernantes eran capaces de sospechar siquiera que el país podía entrar en un período en el que los más importantes de los logros referidos pueden irse al garete. Pero mientras tanto hemos vivido alegremente y con una loca ceguera colectiva, fomentada por quienes se beneficiaban de la situación, años que nuestros padres no se hubieran atrevido ni a soñar. Años de disfrute de bienes materiales primero y consecución de libertades después, que nos permitieron, por vez primera en nuestra historia como pueblo, no tener que envidiar a ningún otro país europeo, pese a que nosotros sólo éramos ricos en despreocupación sobre nuestro propio futuro. Pero todo eso no exime a gobernantes y oposición de su gran responsabilidad en la catastrófica situación económica actual. Es demasiado lo que se están jugando con su egoísmo, afán de poder y escasa capacidad de respuesta a una crisis, que si bien sufre todo occidente, en España ha coincidido con la clase política más incompetente y perezosa de toda su historia, por lo que la pérdida de puestos de trabajo en nuestro país casi triplica a la de los demás países industrializados europeos.
Para la mayoría de los españoles resulta evidente que la causa de todos nuestros males no es la democracia. No es el sistema el que falla sino la mediocre y codiciosa clase política que padecemos, sin haber hecho nada por merecerla.
El puyazo: el gran carnaval
El gran carnaval organizado por el Partido Popular para arropar a Francisco Camps, ante las acusaciones de vestir «gratis et amore» que se le han venido encima, esta poniéndole ribetes de traca fallera a la política valenciana. La oposición ha puesto en marcha el ventilador de la porquería, y el PP trata de resolver a gritos en la calle lo que hay que defender con razones en los juzgados. Tanto más cuanto mayor sea la inocencia. Pero una vez más, la derecha española evidencia su poco sentido de la oportunidad para mover la calle ya que con sus orquestadas reacciones populares le da la razón a los que ven gato encerrado en las salpicaduras del «caso Gürtel» que alcanzan al sucesor de Zaplana. Que por cierto se ha tapado y no dice esta boca es mía para bien ni para mal. ¡La que se ha armado por la indumentaria de uno de los ciudadanos peor vestidos de España! ¿Qué pasaría si un juez se empeñara en levantar el faldón de la camisa a la revalorización de los terrenos que circundan Terra Mítica, escarbar sobre los entresijos de los millones malcobrados por Julio Iglesias, o descifrar los trapicheos de Cervera y tantos flecos económicos más que han quedado sin resolver con la marcha del cartagenero a su ínsula telefónica? Pues que puede que algunos le hicieran compañía a Fabra en el banquillo. Si es que finalmente alguien tiene lo que hay que tener para sentarlo frente al juez…

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  Viñetas de Raúl Salazar

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  El humor gráfico de Ortifus

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