Cuando hace diez años llegué a la antigua Ceilán, había soldados con armas automáticas en torno a cualquier templo budista o árbol sagrado. En las encrucijadas del camino al aeropuerto de Colombo los militares habían levantado barricadas y tenían lanzagranadas y piezas de artillería ligera. La guerra despiadada entre los Tigres Tamiles y el Gobierno aún había de durar hasta ahora mismo y sólo concluyó —¿hasta cuándo?— con el exterminio de las fuerzas guerrilleras. Algunos de aquellos soldados eran mujeres que, aun con su fusil de asalto, bajaban la vista si les mirabas directamente a los ojos.
Los tamiles cometieron el pecado original de ser una minoría identificada, además, con sus pobres vecinos de la India emigrados, cien años antes, para trabajar en las plantaciones del interior de la isla. Al principio, se conformaban con la autonomía y el reconocimiento de la lengua, pero el nacionalismo cingalés, el clero budista y las familias que controlaban el negocio de la gobernación, se dejaron liar por el delirio del carácter nacional, la religión de Estado y los lugares sagrados (de donde, naturalmente, debía ser expulsado quien no lo fuera). Destruyeron templos tamiles (hinduistas) y se negaron a reconocer sus derechos lingüísticos.
Para cuando algunos políticos proponían en retorno a una senda más razonable, los Tigres tenían una formidable y proteica maquinaria de guerra financiada, entre otras cosas, por el tráfico de heroína. Si un policía de narcóticos de Ibiza o Barcelona detenía a uno de esos traficantes, el detenido se comportaba como un militar: daba su nombre, su rango y reconocía los hechos. Los hombres fuertes y las supuestas personalidades providenciales prometen soluciones tajantes, pero nada emborracha más que el sentimiento de fuerza y cuando Franco murió había más, muchos más nacionalistas catalanes y vascos que cuando se puso a la tarea de fusilarlos a todos.