or cinco euros, un tío, al llegar a Madrid, me quería medir la varilla del aceite si lo seguía hasta los servicios. La frase la dijo uno de los paletos de Muchachada nui, el personaje de Ernesto Sevilla, el tal Marcial Ruiz Escribano, ese que al fresco, a la puerta de su casa, va contando las cosas que le pasan o pasan en el pueblo. El viaje a la ciudad lo dejó loco, y no sólo porque hubiera tíos que se acercaran al gañán y en su merodeo lo invitaran a que se bajara el pantalón para medirle la varilla del aceite. Con esta gente me ocurrió lo que luego he comprendido que tenía que ocurrir, que de no entender nada, de no saber manejarme con su humor, llegué a entenderlo todo, a manejarme como espectador con su lenguaje, siempre al filo del surrealismo, que a veces es un estilete implacable, un libro abierto para explicar la realidad. Joaquín Reyes, Raúl Cimas o Julián López montan sus trastadas como lo harían unos amiguetes que se reúnen por la tarde a ver de quién se ríen. Las celebrities, de ahora y de siempre, son su objetivo. Lo mismo han retratado, es decir, han desenmascarado a escritores petulantes como Fernando Sánchez Dragó, que en mitad del campo, sentado en su mesa de trabajo, decía que no podía perder el tiempo con chorradas porque él era un escritor muy profundo y tenía que estar atento a la llamada de la inspiración, o a fabuladores sobrados y chuletas como Arturo Pérez Reverte, al que lo ponen en una situación de mucho peligro en el sofá de su casa, atacada sin piedad por los enemigos, por los indios, por esos hijos de puta que se echan al monte, lleven o no ala triste o alegre. Junto al petulante personaje, Julián Marías, su amigo, el escritor que recibe todos los disparos, por supuesto merecidos, clamaba Arturo justificando el machaque porque Marías no vende tanto como el corsario de Cartagena.
Aún así, en mitad de la batalla, cayendo cascotes del techo, y con jaleo de explosiones alrededor, el escritor Pérez se levantaba como un machote, se iba a los anaqueles de la estantería, olfateaba el canto de los libros y sabía si eran suyos o no por el olor, que el éxito huele distinto. Los demás, a la mierda. El retrato de apariencia cariñosa, vendido como homenaje por los canallas de Muchachada, resultó despiadado, de una ferocidad tan elegante que apenas te dabas cuenta de que, a calzón bajado, le estaban midiendo la varilla de aceite al tunante de las letras populares. Es como el «Paco, estamos contigo», de Mariano Rajoy gritado a los alicantinos mientras caían los cascotes sobre sus cabezas. O la fe ciega en el poder salvífico de la sonrisa que también proclamaba el mentado en escenario parecido porque, y cuando habla Francisco Camps sí vale el juicio paralelo, el calvario por el que le están haciendo pasar los inquisidores del siglo XXI quedará en nada de nada. ¿Qué sabe el Tío Paco para estar tan contento? Sin duda, algún brote verde que los demás no vislumbramos en el erial. Algo así como la narración al minuto de la radiografía económica en que los expertos leen signos que, salvo ellos, a los demás se nos escapan. Hablaba la otra mañana en Los desayunos de TVE el oráculo económico del programa, Juan Ignacio Crespo, un tipo que no se inmuta así se hundiera el rayo con que representan los declives hasta alcanzar el centro de la tierra. Decía Juan Ignacio que está circulando un nuevo término para definir la nueva situación económica y que tiene que ver con el de brotes verdes, la conspiración del optimismo, un aire que empieza a entrar por los indicadores y que tiene mucho de deseo para que, usado en una misma dirección, acabe influyendo en la realidad.
Es el viejo truco. Se llame como se llame. José Luis Rodríguez Zapatero lo lleva en sus genes, forma parte del clan de la conspiración del optimismo. Es capaz de medirle la varilla del aceite, sin dejar de sonreír, a su peor adversario. Quien no lo tiene tan claro, ni como Camps ni como Zapatero, es Aramís Fuster, resucitada de las mazmorras en las que vivía por Manel Fuentes, que la sacó en su primer programa como experta en futuros sin optimismo. En el estreno hace una semana de Malas compañías el molón presentador la sentó en una mesa y le hizo la pregunta que cualquier persona sensata le haría a una eminencia de la charlotada, que cuándo se va a acabar la crisis. La señora se tomó en serio la cuestión, miró con sus ojos picarones, tiznados por el rímel, a Manel, y como si estuviera en un foro de expertos sin sentido del humor preguntó si quería que le contestara en serio o de broma. En serio, dijo Manel, en serio. En seis años, contestó la lianta con la misma cara de entusiasmo de Jaime Mayor Oreja, ese padre de la patria que ni con tratamiento intensivo formará parte de la conspiración del optimismo.
Otra obviedad. A pesar de la sonrisa de Inma Galván en La 1, la señora, no confundir con La señora, que mañana por fin vuelve a la pantalla de la pública, está incapacitada para formar parte de la conca, ni siquiera cuando, picarona, nos anima a seguir con ella porque después de la publicidad veremos las intimidades de Darek, el chico que fue novio de una tal Ana Obregón. Juega a ser morbosilla, pero se queda en monja que se anima con una estampa de Joseph Ratzinger cuando seminarista. ¿Lo fue? Menos mal que el hombre no pasó por los internados irlandeses regentados por curillas que trataban, y conseguían, de medirles la varilla del aceite a los niños que cuidaban. El capitán Sierra, Miguel Ángel Solá, que ha vuelto a la Unidad Central Operativa, UCO, tendría un filón para sus casos. Con lo que hubieran disfrutado esos curas de haber acogido en sus colegios a Santi Millán. Éste sí que tiene intimidades que enseñar, y no las que anuncia Inma de Darek, que se quedan en eso, en gilipolleces descartadas por otras cadenas. ¿Han visto el anuncio de los donuts donde Santi Millán, en un plano fugaz, antes de rascarse el culo, sale de frente, marcando una varilla de aceite bajo el calzoncillo que tal vez ni tenga el gañán de Muchachada nui? Como frente a la conspiración del optimismo está el club de los pesimistas y descreídos, entren en Internet y dejen su opinión. ¿Tiene truco la varilla del glotón zampabollos?