Un cara a cara televisivo como el de Juan Fernando López Aguilar y Jaime Mayor Oreja en España no es común en Europa, según mis informaciones, y hay que celebrar esta iniciativa de debate. Pero, a la vista del poco éxito obtenido por estos diálogos, si es que son tales, tal vez cabría pensar en que su diseño no responda en el futuro al talento de los propangandistas de partidos, como ocurre ahora, sino al sentido común de los expertos en comunicación, cuando lo tienen. Aunque es bien cierto que por mucho arte que pongan los medios en conseguir un programa con atractivo, de nada valdrá si sus protagonistas se emperran en animar a sus parroquias con simplificaciones y letanías y en desconfiar del talento de los espectadores. Reiterar el discurso mitinero, con la permanente descalificación del adversario, sólo conduce a que el espectador que ya se sabe de memoria la retórica partidaria apague el televisor o cambie de canal. Pero comprendo la dificultad de evitar el juego de la ramplonería discursiva si uno de los dos no está de acuerdo en hacerlo. No se le puede negar a ambos capacidad expresiva ni recursos retóricos, cada cual en su estilo, y aunque es evidente que uno de ellos resulta más moderno que el otro es posible que sus respectivas clientelas vean satisfechos sus gustos en esas dos estéticas distintas. Pero la solución al problema no está sólo en captar la atención del espectador que apaga el televisor o cambia de canal, sino la del que ya previamente no se siente atraído por un debate previsible. Y eso es lo que fundamentalmente ha sido, otra vez, el encuentro del lunes en televisión, con menos audiencia aún que el debate anterior. Claro que esta indiferencia no viene sólo del hartazgo de un discurso ya sabido, sino en muchos casos de la falta de interés por saber lo que se vota, de la carencia de emoción por Europa, de la ignorancia sobre el fundamento de estas elecciones, que los políticos y los medios no hacen más que ahondar, y acaso de la decepción que los comportamientos políticos y los discursos consiguientes generan en la ciudadanía. La baja audiencia de estos debates es un preludio de la amplia abstención del domingo.
Y aparte. No estuvo mal la pregunta de López Aguilar a Mayor Oreja sobre si hay algo que les guste de España, por más que pueda la derecha responder que España misma, porque si no responde a la verdad la impresión de que desean más catástrofe donde hay catástrofe, seguramente indeseada pero inevitable, sí está claro que proclaman la oscuridad sin otra réplica que machacar al supuesto culpable y pocos esfuerzos por ver la luz. No hay más que ver el gran disgusto que se llevó Mayor Oreja el martes al saber que no había aumentado el número de los parados que no se quita de la boca. Tan mentira le parecía que en un alarde de novedad acusó a los socialistas de mentir para disgustarlo. Y más cuando pudo ver que donde menos baja el paro es en las comunidades con gobierno ejemplar como las de Madrid y Valencia. Los parados seguramente agradecen mucho a Mayor Oreja que no los olvide y que los tenga presentes en sus oraciones, pero mucho me temo que no esperen de su labor en el Parlamento Europeo, ni de la de Juan Fernando López Aguilar, el puesto de trabajo que les falta.