El granadito de mi balcón se agita en una tormenta de renuevos. Tiene en abundancia lo que todo el mundo espera de la economía: brotes verdes. Los primeros brotes en forma de más empleo nos han salido por un pico, la verdad, sin contar los gastos en cartelería. Si la economía además es española —puestos a personalizar una fuerza abstracta, poco importa ponerle además apellido— la expresión «brotes verdes» tiene, por añadidura, un contenido milagroso, providencial: algo nos caerá. Somos hombres de fe y creímos mucho en el concejal de urbanismo, a ver si nos recalificaba los terrenos, y de todos los Evangelios la parte que mejor nos suena es esa que invita a no preocuparse en hilar —ya no hilan ni los alcoyanos— que los lirios del campo no lo hacen y ni el mismo Salomón vistió con tanta magnificencia. Trajes para todos.
Los brotes verdes tienen el color de la esperanza. Y el de la inevitabilidad. Saldremos adelante, claro, para la continuación de la vida el robledal es mucho más importante que el tigre y es en los vegetales donde se cumple el prodigio de la resurrección. Así que brotes verdes: del color de los dólares. La crisis es el miedo repentino, el brote psicótico del dinero que se niega a salir de casa tras una temporada de correr sin bragas de festival en festival. Ahora es como un gato loco que desentierra y contempla sus excrementos.
Llovió mucho para que se animen las novias y se llenen los pantanos: el cielo protector. La crisis habrá pasado cuando los bancos se vuelvan a presentar en sus anuncios como abuelos vigilantes de doncellas con el vientre como una manzana roja y madura. Llegó la crisis en el segundo centenario de Charles Darwin no como una casualidad, sino como un signo: la lucha por la vida, la supervivencia del más apto y todo eso. Guerra, claro, pero también el polvo del metalúrgico germinando en la entraña de la rica heredera para que hasta los muertos, coño, queden cubiertos de flores.