El caso del trabajador boliviano Franns Rilles Melgar ha destapado una situación que de confirmarse en sus extremos laborales rozaría el esclavismo, pero que en sus aspectos humanos podría calificarse como mínimo de vileza. El joven, que trabajaba en una panificadora del Real de Gandia sin contrato, perdió un brazo tras serle seccionado por accidente por una de las máquinas de la empresa. Ahora denuncia que el patrón le llevó al hospital, sí, pero le abandonó antes de llegar al centro para no verse implicado en el asunto. El acusado lo niega, pero sí reconoce, como mínimo, que tras el accidente tiró el brazo seccionado a un contenedor de basura, y sin dar parte a ninguna autoridad, limpió la máquina para seguir con el trabajo. Tal como ayer denunciaba un responsable de CC OO en la Safor, este comportamiento «nos remueve el estómago».
A falta de que las autoridades terminen por esclarecer todos los detalles de la situación laboral del accidentado y otros compañeros, y del dramático suceso, cabe reclamar una investigación exhaustiva y que el peso de la ley caiga con todas sus consecuencias contra quienes resulten responsables. Pero también hay que denunciar la evidente falta de sensibilidad de un empresario que tira por tierra los esfuerzos de otros muchos que cumplen con la ley, también con colectivos como los de algunos inmigrantes, que se encuentran más desprotegidos.