Cada día que pasa está más claro que la democracia es el menos malo de los sistemas arbitrados por el hombre para vehicular el acceso al poder y sus beneficios. Pero cuando coinciden en el tiempo tantos hombres y mujeres que sólo ven la política como ganapán, dispuestos a constituirse en gran hermandad, mano negra o mafia para eternizarse en la bicoca protegiéndose unos a otros con el paraguas de la inmunidad, que, como el amor de la canción se les rompe de tanto usarla, la democracia queda en una palabra vacía de contenido y la inmunidad en simple y grosera impunidad. Entonces, la única diferencia entre democracia y dictadura es que en la primera se vota cada cuatro años. Pero como decía el antiguo refrán: «De panadero cambiarás, pero de ladrón no escaparás».
El afán de poder maquillado de democracia teje alrededor de sus jerifaltes una tela de araña defensiva que imposibilita que actúen los necesarios mecanismos de corrección. Para ello, nada como legislar de manera que la ley sólo se le pueda aplicar al adversario. Mientras los dueños de la situación salen siempre de rositas, de cualquier gatuperio en el que se revuelcan. De tal manera que aunque se les sorprenda in fraganti, en malversación de bienes públicos, suele ser muy difícil encausarlos. Y cuando se consigue hacerlo hasta pueden ir a la cárcel pero jamás devuelven ni un euro de lo afanado. En esas condiciones, los políticos venales hacen su particular revolución social, sin pagar peaje alguno a tanta mentira, engaño y decepción como siembran en su tortuoso recorrido de soldados de fortuna con discurso político incorporado. Los casos conocidos de mangancia en cargos públicos son tantos y los malos ejemplos tan numerosos, que todo lo que se diga sobre la falta de respeto a los electores y el afán de rapiña de la denominada clase política es poco.
¡Cómo no se van a pelear como fieras por el poder, si durante el tiempo que lo ostentan tienen libre acceso a las arcas del Estado, cuyos caudales provienen de los impuestos de los ciudadanos del país, desde el mayor potentado hasta el más humilde asalariado, lo que les convierte en una clase social privilegiada! Una clase social que además designa entre sus partidarios y paniaguados a los máximos representantes de los órganos de control de la justicia, con lo que ello puede significar de impunidad para hacer mangas y capirotes de los dineros que nos detraen por vía impositiva. Por todo eso, y por su egoísmo y puesta de espaldas a las necesidades reales del pueblo, han conseguido colocarse en el último lugar de la amplia panoplia social en lo que al aprecio ciudadano se refiere. Cosa que no les importa lo más mínimo, mientras puedan forrarse sin que nadie investigue en sus bienes, para hacer un análisis comparativo con los que poseían el día que accedieron a la mamanduca.
Últimamente, hasta tienen el descaro de echarse en cara quién ha utilizado más veces los aviones del Ejército del Aire y los coches oficiales, para sus desplazamientos particulares o de partido. Su petulancia les lleva a creerse bienes de Estado como un día calificara Enrique Barón a los ministros. Y de esta enajenación de poder tienen que ser pacientes testigos millones de hombre y mujeres en el paro, muchos de los cuales van sacando a sus familias adelante gracias a la caridad pública. Poco importa que el concepto de propiedad de los bienes públicos lo manejen quienes están en el poder o los que aspiran a llegar a él cuanto antes.
Se pueden poner como quieran, pero utilizar los aviones del Ejército y los vehículos oficiales para viajar con fines electorales es una mangancia y un fraude a un pueblo en crisis. Y que no apelen a la seguridad como razón del dispendio porque, aparte de que este no es un país en guerra, a un padre de familia numerosa es muy difícil sustituirlo en su casa, en su despensa y si se me apura hasta en su cama, pero para sustituir ipso facto a un presidente de Gobierno, ministro o jerifalte de mayor o menor entidad, hay cola de mediocres ambiciosos hasta en su propio partido.
La lujuria del poder ha llegado a tal extremo en estos tiempos, que la mayor urgencia es la regeneración de la vida pública española. El ambiente se hace cada día más irrespirable para los ciudadanos honrados de este país. En el intento de justificar su afán de enriquecimiento en el ejercicio del cargo, ya sea autonómico, municipal o de ámbito nacional, los políticos han superado los limites del más elemental decoro, acabando con la paciencia de un pueblo que sólo aspira a que lo gobiernen con un mínimo de decencia política.
¡Desvergüenza!. De las elecciones europeas se desprenden dos realidades sobre las que se pueden establecer diversas variaciones, sin que ambas pierdan el mínimo valor analítico. En Europa ha ganado la derecha y ha perdido el socialismo. A partir de ese hecho cierto cabe reconocer que, aunque ha bajado, el socialismo español logra los mejores resultados de su cuerda en todo el continente comunitario. Como también resulta evidente que con la correlación de fuerzas políticas establecida por las urnas, la derecha española está tan lejos de La Moncloa como antes de la confrontación electoral. Hay que llamar la atención sobre la persistencia de la izquierda en la filosofía de Largo Caballero, que con ocasión de las elecciones que dieron lugar al Frente Popular afirmó: «Vamos a ganar y si no ganamos sacaremos las turbas a la calle». Frase reveladora de un descreimiento absoluto sobre la esencia de la democracia. Pero ha llovido mucho desde entonces y ahora ya nadie puede sacar las turbas a la calle para romper unos resultados electorales. Ese papel lo ha hecho en las pasadas elecciones la Ser de Polanco, transgrediendo toda la normativa electoral para incitar a sus oyentes en favor del PSOE, incluso a lo largo del día de la votación. ¡Qué desvergüenza!...