Aunque cualquier ciudadano medianamente alfabetizado habla de la burbuja inmobiliaria, casi nadie se refiere a la burbuja gastronómica, aunque todo el mundo coma y muy pocos promuevan adosados y pese a que una burbuja y otra se deshinchan a velocidad parecida, como corresponde a la dinámica de gases en general y a la de las flatulencias en particular. Y dentro del retorno a la realidad se ha recuperado una vieja y hermosa palabra francesa (en realidad rusa): bistrot. El otro día cené muy bien en un bistrot del barrio del Carmen: Déjà Vu.
Y como siempre que se abre otro ciclo, aparecen nuevas palabras para realidades muy antiguas: decir gastrobar o restaurantes bistronómicos por no hablar de bar de tapas (small plates), casa de comidas o restaurante de precio razonable. Vuelven, cómo no, los vinos jóvenes y modernos, o sea baratos, y más lábiles que nunca: blancos de verdejo nacidos en la abrasada Terra Alta. En la década del simulacro —los ochenta— no eras nadie si no entendías de vinos «jóvenes, ligeros y afrutados». Sus propagandistas trataban, sabiéndolo o no, de facilitar la rápida capitalización de las nuevas bodegas con ventas rápidas y de poco riesgo. El calor inminente o la pobreza persistente son una buena razón para volver a ellos, a los blanquitos leves y aéreos. A los productores de vino barato y bueno —se llaman a sí mismos jommeliers— un litro les cuesta sesenta céntimos y venden a ocho euros la botella, tampoco se puede decir que no tengan su beneficio industrial. Los chicos de este movimiento presumen de crear una moda, un estilo de vida, y hasta nos quieren cambiar los taburetes y las copas (metacrilato en vez de cristal). Lo siento, yo ya me senté en un taburete de Mariscal y sobreviví: con un par, hagan los experimentos con otras posaderas. Cuando la refrigeración sea buena o cuando vuelva de nuevo el otoño, me vengaré de tanta liviandad con un buen tinto del Priorat, Yecla o Fontanars.